El pozo: reconocer la sed

Pilar Algarate Pilar 8 de Marzo de 2026

Lecturas: Ex 17,3-7 · Sal 94 · Rom 5,1-2.5-8 · Jn 4,5-42

En este III Domingo de Cuaresma, Jesús se detiene junto a un pozo en tierra de Samaría. No es un lugar cómodo ni neutral. Es un espacio marcado por la diferencia, por la desconfianza y por la historia de separación entre pueblos. Allí, en ese contexto, Jesús inicia un diálogo.

Se dirige a una mujer que carga con el peso del rechazo social. Y no comienza con un discurso, sino con una petición: “Dame de beber”.

La escena nos revela algo esencial: Dios no se impone, se acerca. No humilla, dialoga. No clasifica, dignifica.

La Cuaresma nos invita a reconocer nuestra sed más profunda. Sed de sentido, de reconciliación, de esperanza. Sed de ser escuchadas y escuchados sin prejuicios. Sed de una vida más plena.

Pero también nos invita a reconocer la sed de tantas personas que acompañamos: sed de trabajo digno, de vivienda estable, de relaciones sanas, de oportunidades reales. Sed de ser miradas como personas, no como problemas.

Jesús ofrece un agua distinta. No es evasión ni promesa fácil. Es una vida nueva que brota desde dentro y transforma la mirada, las relaciones y el modo de situarnos ante la realidad.

En medio de un mundo que corre y pasa de largo, el Evangelio nos propone detenernos. Escuchar. Dialogar. Derribar barreras invisibles.

El encuentro junto al pozo nos recuerda que la conversión no es solo un ajuste interior; es un cambio en la forma de relacionarnos. Es aprender a construir puentes allí donde otros levantan muros.

Lectura del Evangelio: Jn 4,5-42

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo». En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos». En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Preguntas para la reflexión:

  • ¿De qué tengo sed en lo más profundo?
  • ¿Qué “aguas” estoy buscando para saciar mis inquietudes?
  • ¿Qué sed percibo en las personas que acompaño?
  • ¿Cómo puedo generar espacios de encuentro y diálogo en mi entorno?

Oración

Señor Jesús, tú conoces nuestra sed y nuestro cansancio. Enséñanos a detenernos, a mirar sin prejuicios, a escuchar con el corazón abierto. Danos el agua viva de tu Espíritu, para que nuestra vida se convierta en fuente de acogida y esperanza. Que aprendamos a construir puentes y a dignificar cada historia que encontramos. Amén.

Gesto para la semana: Colocar un cuenco con agua en un lugar visible. Al tocarla, recordar que todas las personas compartimos la misma sed de dignidad y de vida. Durante la semana, propiciar un diálogo sincero con alguien con quien habitualmente no conversamos en profundidad.

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