Pequeñas puertas, grandes milagros
24 de Junio de 2026Por Mario Alcudia
Lo acontecido en CEDIA el pasado 6 de junio ha sido, sin duda, la experiencia personal, profesional y espiritual más bonita que he vivido en mis más de dos décadas en el periodismo socio-religioso. La presentación del acto presidido por el papa León XIV pertenece a ese tipo de momentos que dejan una huella profunda en el alma. Aún hoy, al evocarlo, tengo la sensación de que las palabras se quedan cortas para intentar expresar algo tan excepcional.
CEDIA es uno de esos lugares en los que la Iglesia se reconoce más auténticamente a sí misma: viva, cercana y samaritana. Allí se acompaña cada día a quienes más lo necesitan y hacerlo visible ante el Santo Padre fue, en sí mismo, un signo profundamente elocuente.
Moderar este acto presidido por el sucesor de Pedro ha sido un verdadero sueño, un regalo de Dios, una de esas gracias inmerecidas.
Desde el inicio, aquella tarde en el barrio de Lucero tuvo un tono especial. León XIV quiso situarse, como tantas veces nos recuerda la Iglesia, junto a quienes están en los márgenes de la sociedad. Allí había personas sin hogar, migrantes, reclusos, personas en procesos de rehabilitación…, hombres y mujeres con historias duras, marcadas por el sufrimiento, pero, a la vez, llenas de dignidad. En realidad, como se puso de manifiesto, ellos son el centro del Evangelio, los primeros para la Iglesia.
En lo personal, mi tarea exigía una presentación sobria, cercana, amable, casi invisible. Tenía claro que era una forma de servicio. Las verdaderas protagonistas eran aquellas historias de vida que iban a compartirse. Y así, poco a poco, fuimos entrando en relatos profundamente conmovedores, como el de Niurka o el de Khadry. Historias que, como señaló el propio Papa en su intervención, nacen de un «sueño» y de una «pequeña puerta abierta» —pequeña en apariencia, pero inmensa en misericordia—. Puertas que, gracias a Cáritas Madrid, siguen abriéndose cada día.
Conforme avanzaba el acto, se fue creando un clima muy especial, difícil de explicar. León XIV miraba a los ojos, asentía, se dejaba tocar e interpelar por cada uno de esos relatos, se emocionaba. Y esa manera de acoger transformaba completamente el ambiente.
Otro de los momentos más especiales fue el gesto de colgar en el Árbol de la Esperanza una flor con un deseo. Antes de la llegada del Santo Padre, muchos pudieron expresar esos anhelos en voz alta y por escrito. Eran sueños sencillos, pero inmensos: una oportunidad, una vida nueva, dignidad, paz. Aquellas flores representaban la vida de cada uno, sus heridas, pero también sus esperanzas. Fue un signo humilde, pero profundamente elocuente.
Toda la tarde estuvo impregnada de emoción, de una humanidad verdadera, que reflejaba —como él mismo nos dijo— la caridad de Dios. Cada testimonio era como un pequeño Evangelio vivo, una historia en la que el Señor sigue actuando hoy, en medio de nosotros.
Al concluir el acto, y todavía hoy al escribir estas líneas, siento que el corazón me desborda de alegría. Hay algo que me ha marcado profundamente: la certeza de haber sido confirmado en la fe. Aquel momento fue, sin duda, un signo de Dios en mi vida.
Desde ese mismo día, y en los días posteriores, no he dejado de recibir mensajes. Personas cercanas, sí, pero también muchas otras alejadas de la Iglesia, que se han sentido interpeladas y emocionadas por lo que vieron. Y eso es, quizá, lo más grande: comprobar cómo, a través del Papa, Dios sigue abriendo caminos, sigue tocando corazones, despertando la fe allí donde parecía dormida.
Me siento profundamente agradecido a Cáritas Madrid por haberme dado la oportunidad de vivir algo tan grande desde dentro. Ha sido un regalo inmenso. Y también al Santo Padre, por recordarnos con su vida que la caridad no es algo accesorio, sino el corazón mismo de la Iglesia.
Estoy feliz, profundamente feliz. Sus palabras, su hondura. Cuánto bien están haciendo a la Iglesia y a la sociedad. Cuánta falta nos hacía redescubrir esta verdad: que en cada persona, especialmente en los más frágiles, está el propio Cristo. Qué grande ha estado el Señor regalándonos a León XIV y dejando que, por una tarde, estuviera con nosotros en CEDIA