Lo que queda flotando en el aire cuando todo pasa
24 de Junio de 2026Por María Ángeles Altozano
Hace unos días el papa León XIV estaba aquí. Ya se ha marchado. Las flores que adornaban algunos espacios, centros de mesa o la Gran Vía, también se han marchado.
Y como ocurre cuando asistimos a una celebración o a un evento familiar muy esperado, llega el día, se suceden las risas, los abrazos, los apretones de mano, aquello que dijimos, o que no supimos decir... Todo se disfruta, se agota y se pasa. Y de repente, esa emoción que nos ha ensanchado se desvanece. Plof. Tan solo queda suspendida en el aire la nostalgia.
Se trata de una nostalgia salpicada de memoria. Tiene retazos de momentos, algunos los iremos olvidando poco a poco, otros no. Guardamos pedacitos de recuerdos, como fotografías, palabras o gestos que podemos evocar en nuestra mente, y, así, revivirlos, sentir de nuevo aquello que sentimos.
Ocurre siempre igual. Toca recoger. Decorados, discursos, impresiones.
Junto a la nostalgia nos queda la oportunidad de reflexionar si estamos satisfechos, si hicimos lo que pudimos, si fue justo. O preguntarnos de qué nos sirve lo vivido, cómo nos ha cambiado, qué huella nos ha dejado.
Ahora que todo ha acabado, contemplo la escena con perspectiva. ¿Con qué me quedo?
Me quedo con la palabra. Las palabras dichas a la sociedad civil, a políticos, a miembros de la Iglesia, a personas voluntarias, a las personas acompañadas, a artistas, deportistas, fieles, familias y jóvenes. «Rezar a Dios, sí, sin dejar de mirar al hermano». «La palabra para abrir caminos, no para cerrarlos». «Marcar un gol, pero siendo equipo». «La bondad, aunque sea de unos pocos, nos ayudará a vencer el miedo de muchos; seguid evangelizando con el amor».
Me quedo con el gesto. Con la sonrisa permanente y amable, que se fue relajando en cada encuentro; con la mano tendida a toda aquella persona que tuvo la suerte de acercarse a él; con la emoción en sus ojos ante esos testimonios que quiebran, más que los silencios, las palabras. Con su papamóvil recorriendo las calles del centro de Madrid, pero también de la periferia.
Me quedo con la mirada que se alza, sí, pero también con la mirada hacia dentro, la que nos interpela a preguntarnos si hacemos lo suficiente, si tras las celebraciones y aplausos compartidos hay valores por los que seguir y un deseo honesto de ser comunidad que acoge.
Me quedo con una ráfaga de imágenes y voces que me recuerdan a tantas otras que a diario presenciamos en Cáritas Madrid cuando se escucha y se acompaña a las familias más vulnerables —a esas a las que ha venido a ver el Papa—. La sonrisa en la bienvenida y en la partida. El esfuerzo tras la frustración. Los niños alzados, junto a quienes se levantan cada día. La mano tendida sobre la mesa, y hacia el perdón. Las preguntas que se responden, y la escucha sin preguntas. El silencio de uno, frente a un eco de voces que resuena.
Que nada sea en balde, que cantaba Niña Pastori, ante León XIV. Que resuene la particular partitura del Papa: las notas musicales de la caridad. «Esa fuente inagotable. Gracias por ser incomparable».