Verano, cuando las puertas siguen abiertas para acoger y sembrar caridad
18 de Julio de 2026Preciosa reflexión del vicario de Vicaría III, Ángel López, sobre la necesidad de seguir acogiendo y evangelizando con nuestra labor social, incluso en verano, y siguiendo las indicaciones del papa León XIV que nos invita a todas las personas a ser portadoras de misericordia y de su paz para reconstruir una nueva humanidad reconciliada en el amor.
Se otea, en el horizonte, la llegada de los meses de mucho calor y poca actividad. Pero las necesidades materiales, los agobios de final de mes, las estrecheces económicas, las urgencias vitales, no se toman descanso; siguen presentes, muy presentes, apretando el bolsillo y angustiando el alma.
La caridad, el amor al otro, la atención al necesitado es una dimensión de nuestro ser, no una actividad que se interrumpe según en qué mes estemos.
Acabamos de despedir al Papa León en su viaje apostólico a España. ¡Qué regalo más grande hemos recibido! No ha sido un soplo de aire fresco, sino un huracán, huracán de vida nueva, de humanidad renovada. Resuenan muchas palabras dichas por el Santo Padre y algunas de ellas que hacen referencia a nuestra atención al necesitado, a nuestro modo de mirar al otro.
Pero quisiera empezar por lo que nos ha dicho en su primera encíclica “Magnifica humanitas”. En ella leemos, en su primer número, que “cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad.
Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Vivimos en un mundo que tiene, que tenemos, que decidir si construir una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos.
Nuestros Centros de acogida, nuestras Cáritas parroquiales, nuestros proyectos, nuestra atención al prójimo, son intentos de edificar esa ciudad donde Dios y la humanidad convivan. También la Iglesia, como Santo Tomás ante el cuerpo glorioso del Resucitado, aprende que las heridas, miradas desde la fe, pueden convertirse en lugar de reconocimiento: allí donde el dolor humano es tocado con amor, Cristo nos confirma que está presente en el hambriento, en el sediento, en el desnudo, en el enfermo, en el preso y en el forastero (cf. Mt 25,35-40). La caridad cristiana brota del amor de Dios derramado en el corazón del creyente; por eso, ante el necesitado, la fe se hace concreta y el amor a Cristo se transforma en gestos. Que cuando nos encontremos con alguien que busca ayuda le digamos con los gestos, antes que, con las palabras, que su vida no es un descarte, que su sufrimiento no es invisible, que su dignidad no ha quedado disuelta en las circunstancias adversas por la que ha tenido, o tiene, que transitar.
Que con nuestra ayuda encuentre la posibilidad concreta de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar encerrado para siempre en la condición de “víctima”, de “usuario”, de “necesitado”, de “pobre”.
El Papa nos pide que la integración no quede reducida a una tarea social, por necesaria que sea. Tenemos algo grande que ofrecer. Quien llega a nuestras parroquias, quien se encuentra con nosotros, necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección; pero también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres.
Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos. Por eso, dice el Papa, los animo, a seguir ofreciendo a todos el amor que ustedes, a su vez, han recibido del Señor (cf. 1 Jn 4,19), amor que se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles. Los animo a seguir adelante fuertemente arraigados en Él, para seguir navegando con valentía en este nuevo tiempo de la historia. Cuando encuentren dificultades, alcen la mirada, y pidan al Espíritu Santo la gracia de vivir unidos en la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que «son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios» (S. Juan Pablo II, Ángelus, 22).
La conversión de la mirada, de nuestra mirada, comienza cuando el migrante, el necesitado, deja de ser “uno más”, deja de ser una categoría y una cifra. Sólo entonces comprendemos que la persona que atendemos podría ser parte de nuestra familia; comprendemos que su vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que nadie puede arrancarle y que deberíamos inclinarnos ante ella.
La atención al necesitado no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios, es una tarea de todos. De toda la comunidad. A todas horas. Todos los domingos nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los hermanos que pasan necesidad, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso (cf. Lc 10,31-32).
Recordemos que nosotros somos, allí donde estemos, la presencia viva del Señor en el mundo.
Renovemos, con esta conciencia, el compromiso de realizar en nosotros, en la caridad, lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por el bien de la Iglesia (cf. Col 1,24). Seamos portadores de su misericordia y de su paz, para que crezca a nuestro alrededor una nueva humanidad, reconciliada en el amor. Decidamos por construir la ciudad con Dios.
En verano, seguiremos yendo a misa y, esto, nos impulsará a seguir amando. Acaba el curso, pero no la caridad.
Feliz verano. Feliz caridad.
Ángel López Blanco
Vicario episcopal - Vicaría III