Una mesa en la que nadie sobra
Pilar Algarate 11 de Octubre de 2026Lecturas del XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario: Primera lectura: Is 25. 6-10; Segunda lectura: Fil 4, 12-14. 19-20; Santo evangelio según san Mateo 22, 1-14.
Uno se fue a su campo. Otro, a su negocio. Tenían cosas que hacer. Quizá este sea uno de los detalles del Evangelio que más nos toca: para perderse algo importante basta con estar ocupado.
La mesa estaba preparada. Alguien les esperaba. Pero los invitados siguieron con lo suyo. Nos puede pasar con Dios y también con las personas. Dejamos pendiente una llamada, una visita, una conversación que necesita tiempo. Pensamos que ya habrá ocasión. Y pasan los días.
En la parábola, el rechazo no acaba con la fiesta. El rey envía a sus criados a los cruces de los caminos y les pide que inviten a quienes encuentren. Llegan buenos y malos, precisa Mateo. Personas que no figuraban entre los primeros invitados y que ahora ocupan la sala. Cabe preguntarse si nosotros habríamos abierto la puerta con tanta facilidad.
Isaías ya había anunciado un banquete para todos los pueblos. En esa promesa, Dios se acerca hasta enjugar las lágrimas de todos los rostros. Hay una ternura muy concreta en ese gesto. Para secar las lágrimas de alguien hay que acercarse, detenerse y mirar. No se puede hacer desde lejos.
El papa Francisco recordaba, al comentar este Evangelio, que «la bondad de Dios no tiene fronteras y no discrimina a nadie». Lo decía en el Ángelus del 12 de octubre de 2014. Es una afirmación que nos alegra, aunque llevarla a nuestra vida puede costarnos más. Tenemos afinidades, prejuicios y maneras de hacer las cosas a las que nos hemos acostumbrado. A veces, sin darnos cuenta, esperamos que quien llega se adapte a todo antes de sentirse parte.
Esta semana, León XIV ha dicho que «tenemos mucho que aprender de las familias». Al abrir el encuentro sobre los diez años de Amoris laetitia, el 7 de octubre, pidió escuchar su realidad y dejarnos interpelar por sus esperanzas y dificultades. Sus palabras nos hacen preguntarnos cómo escuchamos en nuestras comunidades. Si una familia puede contar que está pasando un mal momento sin miedo a sentirse juzgada. Si hay espacio para hablar de lo que cuesta, de las dudas, de aquello para lo que todavía no se encuentra respuesta.
También en Cáritas necesitamos hacernos estas preguntas. En el acompañamiento podemos estar tan pendientes de resolver una necesidad que apenas dejemos tiempo para conocer a quien tenemos delante. Esa persona tiene una historia, opiniones y capacidades. Puede necesitar apoyo y, a la vez, tener mucho que enseñarnos. Contar con ella supone aceptar que también pueda proponernos algo distinto de lo que habíamos previsto.
El final del Evangelio resulta difícil. Después de abrir las puertas, el rey expulsa a quien no lleva traje de fiesta. Francisco explicaba ese traje como la caridad hacia Dios y hacia el prójimo. La invitación se ofrece gratuitamente; nuestra respuesta importa. No basta con ocupar un sitio si seguimos tratando a los demás como si no tuvieran derecho al suyo.
Pablo, en la segunda lectura, habla desde lo que ha vivido. Sabe de abundancia y de hambre. Su confianza en Cristo no le impide agradecer la ayuda recibida. También él ha necesitado que otras personas estuvieran cerca. Conviene recordarlo cuando nos acostumbramos a ser siempre quienes ayudan y nos cuesta reconocer nuestras propias necesidades.
Quizá esta semana la respuesta al Evangelio empiece por algo que hemos ido aplazando: devolver aquella llamada, preguntar cómo está una familia y quedarnos a escuchar, pedir ayuda. Dar tiempo a alguien. Dejar que cambie nuestros planes.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 22, 1-14.
En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.
Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: 'Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda'. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.
Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego les dijo a sus criados: 'La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren'. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.
Cuando el rey entró a saludar a los convidados vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: 'Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?' Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: 'Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos".
Palabras del Santo Padre
Jesús nos habla de la respuesta que se da a la invitación de Dios —representado por un rey— a participar en un banquete de bodas (cf. Mt 22, 1-14). La invitación tiene tres características: la gratuidad, la generosidad, la universalidad. Son muchos los invitados, pero sucede algo sorprendente: ninguno de los escogidos acepta participar en la fiesta, dicen que tienen otras cosas que hacer; es más, algunos muestran indiferencia, extrañeza, incluso fastidio. Dios es bueno con nosotros, nos ofrece gratuitamente su amistad, nos ofrece gratuitamente su alegría, su salvación, pero muchas veces no acogemos sus dones, ponemos en primer lugar nuestras preocupaciones materiales, nuestr os intereses; e incluso cuando el Señor nos llama, muchas veces parece que nos da fastidio.
La bondad de Dios no tiene fronteras y no discrimina a nadie: por eso el banquete de los dones del Señor es universal, para todos. A todos se les da la posibilidad de responder a su invitación, a su llamada; nadie tiene el derecho de sentirse privilegiado o exigir una exclusiva. Debemos abrirnos a las periferias, reconociendo que también quien está al margen, incluso ese que es rechazado y despreciado por la sociedad es objeto de la generosidad de Dios. (Ángelus, 12 octubre de 2014)
Para la reflexión
¿Qué encuentro estoy dejando para después porque siempre tengo algo que hacer?
¿Puede una persona o una familia hablar con confianza de sus dificultades en nuestra comunidad? ¿Qué se lo facilita y qué se lo impide?
¿Qué he aprendido de las personas a las que acompaño? ¿Me dejo ayudar?
Oración
Señor, a veces estamos tan pendientes de lo nuestro que no vemos a quien nos espera. Ayúdanos a detenernos y a escuchar. Te pedimos por las familias, por lo que agradecen y por lo que les cuesta compartir, por quienes se cuidan cada día y por quienes se sienten solos aun estando acompañados. Que sepamos estar cerca sin juzgar ni dar respuestas antes de tiempo. Enséñanos también a pedir ayuda y a recibir con gratitud. Haz de nuestras comunidades un lugar donde podamos hablar con confianza, compartir lo que tenemos y aprender unos de otros. Amén.