Un empleo digno, debe garantizar una vivienda digna

2 de Octubre de 2026

Cáritas Madrid se suma a la reivindicación de la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente (ITD) para reclamar empleo estable, salarios suficientes y políticas públicas que garanticen el acceso a una vivienda asequible, especialmente para las personas jóvenes, que afrontan cada vez más dificultades para desarrollar un proyecto de vida autónomo.

Acceder a una vivienda y construir un proyecto de vida independiente se ha convertido en una auténtica carrera de obstáculos para miles de jóvenes. A la escalada de los precios de la vivienda, impulsada en gran medida por dinámicas especulativas, se suma un mercado laboral que ofrece cada vez menos estabilidad y protección. Como consecuencia, solo el 31% de las personas de entre 18 y 34 años vive de forma independiente sin ayuda familiar y la edad media de emancipación se sitúa ya en los 30,2 años.

Ante esta realidad, las entidades que forman parte de la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente —Cáritas, Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), Justicia y Paz, Juventud Estudiante Católica (JEC) y Juventud Obrera Cristiana (JOC)— denuncian que la actual crisis de acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales factores de exclusión social. En el manifiesto publicado con motivo de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente, que se celebra el próximo 7 de octubre bajo el lema «Ante la exclusión, trabajo decente», alertan de que contar con un empleo ya no garantiza una vida digna.

“La crisis habitacional se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la exclusión”, señala ITD. Los elevados precios de la vivienda y de los alquileres obligan a muchas personas trabajadoras a compartir vivienda durante años, asumir importantes niveles de endeudamiento o renunciar a desarrollar un proyecto de vida autónomo. “Cuando el derecho a la vivienda se subordina a la lógica especulativa, el trabajo pierde su capacidad de sostener una vida digna”, advierten las entidades.

La iniciativa subraya además que esta situación afecta de manera especialmente intensa a la juventud. Lejos de las expectativas que durante décadas relacionaron formación, empleo y bienestar, miles de jóvenes encadenan contratos precarios y perciben salarios insuficientes mientras ven cada vez más difícil acceder a una vivienda.

“Muchos jóvenes tienen dificultad para llegar a fin de mes y comparten vivienda con personas desconocidas hasta los cuarenta años porque no encuentran alquileres asequibles”, recoge el manifiesto.

Actos con motivo del 7 de octubre

Para visibilizar esta realidad, las organizaciones de Iglesia por el Trabajo Decente celebrarán el próximo 7 de octubre distintos actos públicos en varias ciudades españolas. A través de una escenificación que contrapone situaciones de exclusión e inclusión, las acciones mostrarán cómo el trabajo decente es la llave que permite acceder a derechos fundamentales como la vivienda, la protección social y un proyecto de vida digno.

Con esta iniciativa, ITD quiere recordar que la exclusión no es el resultado de decisiones individuales, sino la consecuencia de estructuras económicas y laborales que requieren transformaciones profundas, impulsadas desde la corresponsabilidad social y las políticas públicas.

DATOS SOBRE LA REALIDAD LABORAL

  • Tasa de paro juvenil en 2006: 16%
  • Temporalidad juvenil: 32%
  • Solo el 31% de los jóvenes de 18 a 34 años vive de forma independiente sin ayuda familiar
  • 30,2 años es la edad media de emancipación
  • 3 de 10 jóvenes están en riesgo de pobreza o exclusión

 

Manifiesto

En este 7 de octubre, Jornada Mundial del Trabajo Decente, como no podía ser de otra manera, las entidades que formamos la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente alzamos nuestra voz bajo el lema que guía nuestro compromiso este año: “Ante la exclusión, trabajo decente”.
En febrero de 2026, durante la Campaña de la Fraternidad de Brasil, el papa León XIV hizo una llamada universal: "Es mi deseo que la reflexión sobre la dura realidad de la falta de vivienda digna (…) lleve no solamente a acciones aisladas –sin duda, necesarias– que acuden de modo emergencial en su auxilio, sino que genere en todos la conciencia de que el compartir (…) debe ser una actitud constante". 
La crisis habitacional se ha convertido en uno de los rostros más visibles de la exclusión. Tener empleo ya no garantiza acceder a una vivienda digna. Alquileres desorbitados y precios inasumibles obligan a muchas personas trabajadoras a compartir vivienda, endeudarse o renunciar a un proyecto de vida autónomo. Cuando el derecho a la vivienda se subordina a la lógica especulativa, el trabajo pierde su capacidad de sostener una vida digna.

Esta situación golpea con aún más dureza a la juventud: mientras que hace unos años tener unos estudios aseguraba, en cierta medida, una calidad de vida decente, una casa y un trabajo, la realidad a la que se enfrentan las personas jóvenes actualmente es muy diferente.

Frente a una cruda realidad atravesada por unas condiciones laborales precarias y la dificultad de acceso a una vivienda digna, nos encontramos con una “vida” digital que nos bombardea con que los viajes a Bali, la especulación con la vivienda, el rentismo, las inversiones en criptomonedas y vivir en una casa gigante es la norma entre los jóvenes y la vida que todas y todos deberíamos llevar. 

La situación que vivimos la mayoría de los jóvenes es la dificultad para llegar a fin de mes, tener que compartir piso con desconocidos hasta los cuarenta años porque no hay forma de encontrar alquileres asequibles y mucho menos comprar un piso. Los sueldos no suben, pero la vida sí, y las condiciones laborales cada vez son más precarias.
Si bien la transmisión intergeneracional de la pobreza ya existía, se ha intensificado notablemente, y no por casualidad. La creciente especulación inmobiliaria —impulsada por fondos buitre, viviendas turísticas, pisos no declarados y abusos de propietarios— dificulta cada vez más que la clase trabajadora acceda a una hipoteca. Mientras tanto, las clases más acomodadas siguen acumulando vivienda, enriqueciéndose a costa de quienes luego alquilan a precios desorbitados porque no tienen otra opción.

Las personas trabajadoras sufren la crisis de vivienda, agravada por condiciones laborales precarias, contratos temporales, en muchas ocasiones a jornada parcial, o de prácticas sin remunerar que lejos de ser prácticas se convierten en trabajos  realizados de manera gratuita. 
El trabajo decente no puede desligarse del derecho a un techo digno: sin vivienda accesible, la exclusión se perpetúa aunque exista empleo.

Ya se está dando la paradoja de que algunas empresas tienen dificultades de encontrar personas trabajadoras dispuestas a prestarles su fuerza de trabajo por la dificultad de pagar un alquiler de vivienda cerca de su emplazamiento: lo que podría considerarse salario digno a unos precios razonables de vivienda ya ha dejado de serlo.

Por lo tanto, en esta jornada reclamamos condiciones laborales que permitan a las personas trabajadoras y sus familias vivir de forma digna: contratos indefinidos a tiempo completo, sueldos acordes al coste de la vida y medidas que favorezcan la conciliación familiar y personal de las personas trabajadoras. “No basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales” (Magnifica humanitas, nº 58).  

De la misma manera exigimos el desarrollo de políticas públicas que garanticen el derecho a una vivienda digna y asequible; la ampliación del parque público de vivienda; la regulación de los precios del alquiler; y el cese de la especulación que expulsa a familias enteras de sus barrios.

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