Pentecostés: alzad la mirada, el Espíritu nos pone en camino
Pilar Algarate Pilar 24 de Mayo de 2026Lecturas: Hechos de los Apóstoles (2,1-11). Sal 103. Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,3b-7.12-13). Evangelio según san Juan (20,19-23).
Hoy celebramos Pentecostés, la fiesta que culmina el tiempo de Pascua y nos recuerda que la Resurrección no se queda encerrada en una experiencia íntima, sino que se convierte en envío, comunidad y misión. El Espíritu Santo irrumpe allí donde hay miedo, puertas cerradas, cansancio o incertidumbre, y abre caminos nuevos.
Los discípulos estaban reunidos, pero todavía marcados por el temor. También hoy podemos reconocernos en esa escena: comunidades que a veces se sienten pequeñas, personas creyentes que dudan, una Iglesia que busca cómo anunciar el Evangelio en medio de un mundo herido, acelerado y lleno de ruido. Y, sin embargo, el Resucitado se hace presente y dice: “Paz a vosotros”. No reprocha, no exige heroicidades imposibles. Sopla su Espíritu y confía de nuevo en quienes le siguen.
Pentecostés nos invita a alzar la mirada. No para evadirnos de la realidad, sino para mirarla con más profundidad. Alzar la mirada es dejar de vivir replegados sobre nuestros miedos. Es reconocer que el Espíritu sigue actuando en la historia, en la Iglesia y en la vida de tantas personas que sostienen, cuidan, acompañan y abren futuro. Es mirar más allá de nuestras seguridades para descubrir que Dios continúa haciendo nuevas todas las cosas.
En este día celebramos también la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, con el lema “Pueblo de Dios que sale al encuentro”. Es un día para agradecer la vocación de los laicos y laicas, para revivir nuestro bautismo y recordar que todas las personas bautizadas somos Iglesia. No somos espectadoras de la misión, sino parte viva de una comunidad llamada a caminar junta, a anunciar la esperanza y a salir al encuentro de quienes más necesitan cuidado, dignidad y cercanía.
El Espíritu no construye una Iglesia encerrada, temerosa o autorreferencial. El Espíritu abre puertas y ventanas. Nos hace hablar lenguajes que otras personas puedan entender: el lenguaje de la misericordia, de la justicia, de la escucha, de la ternura, de la hospitalidad. Nos recuerda que el Reino no nos pertenece: lo acogemos, lo anunciamos, lo buscamos y lo servimos.
Por eso, Pentecostés es también una llamada a renovar nuestra caridad. No una caridad que se queda en el gesto aislado, sino una caridad evangelizadora, capaz de expresar el amor de Dios en la vida concreta de las personas empobrecidas. Una caridad que acompaña procesos, denuncia injusticias, genera comunidad y abre horizontes de esperanza.
Necesitamos acoger el don del Espíritu para experimentar al Resucitado en nuestra vida personal y eclesial. Necesitamos su fuerza para no dejarnos paralizar por el miedo, para vivir desde la confianza, para dejarnos sorprender por el amor de Dios y para caminar como Pueblo de Dios. Porque cuando el Espíritu nos habita, la Iglesia deja de mirar hacia dentro y aprende a mirar como Jesús: hacia las personas heridas, hacia las periferias, hacia la vida que espera ser levantada.
Hoy Pentecostés nos dice: alzad la mirada. El Espíritu está soplando. La paz del Resucitado nos precede. La misión continúa.
Lectura del santo evangelio según san Juan
Juan 20, 19-23
Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Dicho esto, les mostró las manos y el costado.
Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo".
Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar".
Para la reflexión
- ¿Qué miedos personales, comunitarios o eclesiales necesitamos dejar que el Espíritu transforme?
- ¿Qué significa hoy, para nuestra comunidad, “alzar la mirada” y mirar la realidad con los ojos del Resucitado?
- ¿Qué Iglesia quiere suscitar hoy el Espíritu Santo: más abierta, más samaritana, más sinodal, más cercana?
- ¿Cómo podemos vivir como laicos y laicas una fe que sale al encuentro y no se queda encerrada?
- ¿Qué le falta a nuestra caridad para ser verdaderamente evangelizadora: más escucha, más denuncia, más acompañamiento, más comunidad?
- ¿En qué personas o situaciones descubrimos hoy que el Espíritu sigue actuando y abriendo esperanza?
Oración:
Espíritu Santo, aliento de vida,
ven sobre nuestra comunidad.
Abre las puertas que el miedo ha cerrado.
Enséñanos a vivir desde la confianza
y a reconocer la presencia del Resucitado
en medio de nuestra historia.
Ayúdanos a alzar la mirada,
no para alejarnos del mundo,
sino para mirarlo con más amor,
con más verdad y con más esperanza.
Haznos Iglesia en salida,
Pueblo de Dios que camina unido,
comunidad de discípulos y discípulas
que escucha, acompaña y sirve.
Danos un corazón atento
a las personas empobrecidas,
a quienes viven heridas, soledad o injusticia.
Que nuestra caridad sea signo del Evangelio
y nuestra vida anuncie tu paz.
Ven, Espíritu Santo.
Sopla sobre nosotros.
Renueva nuestra fe,
enciende nuestra esperanza
y pon nuestros pasos en camino.
Secuencia de Pentecostés
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequia,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.