No basta con sembrar: también hay que cuidar la tierra
Pilar Algarate Pilar 11 de Julio de 2026Lecturas del XV Domingo del Tiempo Ordinario: Primera lectura: Is 55, 10-11. Segunda lectura: carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 18-23. Santo evangelio según san Mateo 13, 1-23.
En este XV Domingo del Tiempo Ordinario, Jesús vuelve a sentarse junto al mar. La gente se acerca tanto que tiene que subir a una barca. Y desde allí comienza a hablarles de algo sencillo, cotidiano. Un sembrador. Un puñado de semillas. Un camino, piedras, espinos y tierra buena.
Quizá cualquiera de aquellas personas había visto esa escena muchas veces. Pero Jesús les invita a mirar de otra manera.
El sembrador sale a sembrar y lo hace sin calcular demasiado. La semilla cae incluso donde parece difícil que pueda crecer. No selecciona únicamente la mejor tierra. No guarda la semilla esperando condiciones perfectas.
Hace unas semanas, el Papa León XIV recordaba precisamente esta parábola en una audiencia general. Y ponía la mirada en esa generosidad, casi sorprendente, del sembrador que arroja la semilla incluso sobre el terreno pedregoso, allí donde aparentemente hay pocas posibilidades de que algo nazca.
A veces nosotros hacemos lo contrario.
Medimos. Calculamos. Clasificamos. Pensamos dónde merece la pena sembrar y dónde, quizá, ya no tanto. Podemos llegar a mirar la vida de una persona y pensar que hay demasiadas piedras, demasiados espinos, demasiadas dificultades acumuladas.
Jesús, sin embargo, sigue sembrando.
Y esto nos interpela especialmente a quienes queremos estar cerca de las personas que atraviesan situaciones de pobreza y exclusión. Porque acompañar también es creer que una semilla puede germinar donde otras personas solo ven tierra difícil.
Pero el Evangelio de hoy nos plantea otra pregunta. No basta con echar la semilla.
También hay que cuidar la tierra.
Hay personas que llevan mucho tiempo caminando sobre terreno pedregoso. Personas que han vivido la soledad, la falta de oportunidades, la ausencia de una vivienda, las dificultades para encontrar un empleo o la experiencia de llegar a un lugar donde nadie conoce su nombre.
No podemos pedir raíces profundas a quien nunca ha encontrado un lugar seguro donde echarlas.
No podemos sorprendernos de que la vida se marchite cuando alrededor crecen demasiados espinos.
Esta semana, en Roma, distintas organizaciones y realidades de la Iglesia se han sentado alrededor de una misma mesa para hablar precisamente de esto. El Grupo de Trabajo sobre la Caridad ha planteado la necesidad de avanzar desde la respuesta inmediata hacia una red capaz de acompañar a las personas a lo largo de un proceso. No solo atender una necesidad concreta. Construir un camino con la persona.
Acoger y escuchar. Apoyar cuando es necesario. Cuidar la salud. Generar oportunidades educativas y laborales. Acompañar también la dimensión espiritual.
En definitiva, caminar juntos.
Quizá eso también sea preparar la tierra.
Quitar alguna piedra. Apartar un espino. Regar con paciencia. Estar cerca cuando parece que nada cambia.
Porque quienes acompañamos sabemos que no siempre vemos el fruto inmediatamente. Hay procesos largos. Hay pasos hacia delante y otros hacia atrás. Hay momentos en los que parece que la semilla no ha prendido.
Y, aun así, seguimos sembrando.
Isaías nos recuerda hoy que la Palabra que sale de la boca de Dios no vuelve vacía. Como la lluvia y la nieve empapan la tierra y la hacen germinar, la semilla lleva dentro una posibilidad de vida.
San Pablo, por su parte, habla de una creación que gime con dolores de parto. Una imagen profundamente humana. El dolor está ahí, pero no es la última palabra. Algo nuevo intenta nacer.
Tal vez nuestra tarea sea también esa: estar cerca de tantos dolores de parto de nuestro mundo.
Sin dar respuestas rápidas a vidas complejas. Sin sustituir a las personas en sus decisiones. Sin querer recoger mañana lo que hoy acabamos de sembrar. Acompañando. Escuchando. Creando redes. Sumando capacidades. Confiando. El sembrador del Evangelio no se cansa porque una parte de la semilla caiga en el camino. Vuelve a salir. Y quizá hoy Jesús nos pregunta algo muy sencillo:
¿Seguimos dispuestos a sembrar allí donde parece más difícil?
Puede que no siempre seamos tierra buena. A veces también nosotros estamos llenos de piedras, prisas y preocupaciones que ahogan lo importante. Necesitamos dejar que Dios trabaje nuestra propia tierra.
Pero también podemos ayudar a cuidar la tierra que compartimos.
Porque cuando una comunidad acoge, escucha y acompaña; cuando distintas personas y organizaciones dejan de caminar cada una por su lado y comienzan a trabajar juntas; cuando somos capaces de mirar a una persona no solo desde su necesidad de hoy, sino desde el camino que podemos recorrer a su lado…
la semilla encuentra espacio para crecer.
Y entonces, casi sin hacer ruido, comienza a dar fruto.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 1-23
Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que él se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo: "Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga."
Después se le acercaron sus discípulos y le preguntaron: "¿Por qué les hablas en parábolas?" Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos; pero a ellos no. Al que tiene, se le dará más y nadará en la abundancia; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden.
En ellos se cumple aquella profecía de Isaías que dice: Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos, con el fin de no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni comprender con el corazón. Porque no quieren convertirse ni que yo los salve.
Pero, dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen. Yo les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron.
Escuchen, pues, ustedes lo que significa la parábola del sembrador.
A todo hombre que oye la palabra del Reino y no la entiende, le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón. Esto es lo que significan los granos que cayeron a lo largo del camino.
Lo sembrado sobre terreno pedregoso significa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.
Lo sembrado entre los espinos representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.
En cambio, lo sembrado en tierra buena, representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto: unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta''.
Preguntas para la reflexión
- ¿En qué terreno está cayendo hoy la Palabra de Dios en mi vida?
- ¿Hay personas o situaciones ante las que he dejado de sembrar porque pienso que nada puede cambiar?
- ¿Estoy respondiendo únicamente a necesidades inmediatas o soy capaz de acompañar procesos y caminar junto a las personas?
- ¿Qué piedra puedo ayudar a retirar esta semana para que una semilla tenga más espacio para crecer?
Oración
Señor,
haz de nuestro corazón tierra abierta.
Enséñanos a sembrar sin calcular,
a confiar cuando todavía no vemos el fruto
y a permanecer cerca cuando el camino se hace largo.
Ayúdanos a quitar piedras,
a apartar los espinos
y a cuidar con paciencia la vida que nace.
Que sepamos caminar juntos,
escuchar, acompañar
y reconocer en cada persona
una tierra llena de posibilidades.
Y cuando nos cansemos,
recuérdanos que la semilla es tuya
y que Tú sigues saliendo, cada día,
a sembrar.
Amén.