Mariana: aprender a alzar la mirada o a cómo no estar sola frente al miedo
22 de Septiembre de 2026Mariana tiene 21 años. Viene de Perú, aunque su historia no empieza cuando cruza el océano, sino mucho antes, en una vida marcada por el esfuerzo, el miedo y una responsabilidad asumida demasiado pronto.
Cuando era niña, aprendió a cuidar antes que a ser cuidada. Aprendió a callar antes que a pedir ayuda. Su historia está atravesada por situaciones muy difíciles: enfermedad, ausencia, violencia y también distintos abusos sufridos a lo largo de su vida por parte de personas cercanas y también de otras con las que se cruzó en su camino. Experiencias que han dejado una huella profunda, muchas veces vividas en silencio.
Aun así, siguió adelante. Terminó sus estudios, trabajó, cuidó, resistió.
Hace unos años, su madre y su hermana pequeña llegaron a Madrid. Mariana lo hizo después, en el verano de 2023, con la esperanza de empezar de nuevo, de encontrar un lugar donde poder vivir con algo más de tranquilidad, junto a los suyos.
Pero empezar de nuevo no siempre es fácil.
Durante un tiempo compartieron una vivienda, hasta que la llegada de su hermano hizo imposible seguir allí. Mariana fue quien dio un paso atrás. Se marchó para que su familia pudiera quedarse. Encontró una habitación a través de una amiga, pero la inseguridad, la falta de recursos y la soledad empezaron a hacerse presentes.
En ese momento, es la propia Mariana quien se acerca a Cáritas parroquial en busca de apoyo. Desde allí es derivada al Campus Cáritas Madrid, un proyecto de Cáritas dirigido a jóvenes para el acompañamiento y el apoyo en su formación. Es en ese proceso donde se detecta la necesidad de una intervención más amplia.
Así comienza un camino de acompañamiento que poco a poco ha ido tejiendo algo nuevo: un espacio donde poder estar segura, donde empezar a pensarse, donde dejar de sobrevivir para comenzar a vivir.
Desde octubre de 2024, Mariana vive en el piso tutelado “Nazaria Baja a la Calle”, un proyecto compartido entre Cáritas Diocesana de Madrid y las Misioneras Cruzadas de la Iglesia. Allí ha ido construyendo rutinas, aprendiendo a convivir, a responsabilizarse, pero también —y esto es lo más difícil— a abrirse, a nombrar lo que siente, a confiar.
No ha sido un camino lineal.
Mariana ha tenido que enfrentarse a sus propios miedos, a una autoestima dañada, a una historia que pesa. Ha conocido lo que es sentirse sola incluso estando acompañada. Ha tenido que aprender algo que nunca antes pudo: que su vida también importa.
Poco a poco, con apoyo educativo, formación y acompañamiento terapéutico, algo empieza a cambiar. Ha retomado su proceso personal, se vincula mejor con otras personas, empieza a estar más presente, a confiar un poco más. Sigue habiendo miedo, pero ya no está sola frente a él.