Hay para quienes llueve en septiembre
Maria Angeles Altozano 8 de Septiembre de 2026Hay etapas en la vida que deberían ser de alegría y de regocijo.
Septiembre es un mes propicio para eso. Retomamos —con más o menos ganas— la vuelta al curso escolar y laboral. Lo hacemos más descansados, tal vez, con la nostalgia de los días de verano, más pausados y familiares, y con la sana incertidumbre de lo que nos deparará este nuevo tiempo.
Son los nuevos comienzos que pueden dar pereza, pero despiertan nuevas esperanzas. Septiembre llega con olor a libros forrados, agendas recién estrenadas y alguna tormenta al final de la tarde.
Y es, como digo, tiempo de pequeñas alegrías cotidianas que nos ayudan a hacer más llevadera la vuelta a la rutina. Por ejemplo, reencontrarse con compañeros, dar la bienvenida a otro miembro de la familia, comenzar en un trabajo o instalarse en una ciudad o en un nuevo hogar.
Sin embargo, a veces ocurre que estos cambios vitales no son fáciles. Ni alegres. Ocurre que, en vez de un hogar, alquilas una habitación por las tres cuartas partes de tus ingresos. Ocurre que tu bebé recién nacido o tus padres ya mayores se convierten en una carga económica que no puedes afrontar por falta de empleo. Ocurre que un trabajo en economía sumergida, por horas y mal pagado, no te permite comprar alimentos de primera necesidad y, mucho menos, hacerte un tratamiento bucodental. En esos casos, la alegría se transforma en angustia.
Y aunque sea septiembre, los días son grises.
Esas historias nos calan como lluvia fina en Cáritas Madrid, a través de los casos de personas y familias que acuden a nosotros y que publicamos cada primer domingo de mes en la Hoja de Caridad. Casos que precisan de apoyo económico, sí, pero sobre todo de acompañamiento. De alguien que te ofrezca un paraguas para cobijarte mientras duren las primeras lluvias del otoño.