No es no llegar a fin de mes lo que preocupa a Gabriela
Maria Angeles Altozano 17 de Septiembre de 2026Los recibos se acumulan en la mesa de la entrada. La casera ha venido a avisar del vencimiento del alquiler, y comenzar un curso nuevo implica nuevos materiales hasta que llegue la beca de comedor...
Es el día a día de Gabriela desde que la despidieron en verano de su último trabajo. «Gracias, Gabriela, pero los niños ya son mayores y no vamos a necesitar tu ayuda. Te has portado muy bien estos cinco años». Y adiós. Hay despedida, pero no despido, ni finiquito, ni desempleo. Es lo que tiene trabajar en la economía sumergida.
Por eso, ahora que empiezan las rutinas de septiembre, lo que a Gabriela le preocupa no es este mes y su previsible final, sino los anteriores y los que vienen. A la espera de regularizar su situación —eso le preocupa—, podrá buscar un trabajo con contrato —cosa que también le preocupa— y encontrar un lugar para vivir, tal vez una habitación, porque el precio de los pisos es un lujo y, claro, dónde meterse con sus dos hijas —es preocupante—.
A Gabriela le preocupa ser parte de una sociedad que no le permite sentirse parte de ella. Desarrollar su potencial, integrarse, educar aquí a sus hijas. La inquieta que este momento se alargue demasiado.
Como ella, las decenas de personas que acuden a Cáritas Madrid. Hay veces —las menos— que son preocupaciones puntuales, como hacer frente a un pago, poder comprar una lavadora o hacerse un tratamiento bucodental; pero otras son preocupaciones constantes, instaladas en el tiempo, que hablan de desesperanzas y de soledades.
Ahí es donde queremos estar. Las preocupaciones son parte de la vida; los remedios a las mismas deberían ser un derecho para todas las personas.