Javier Ojeda: «No podemos acostumbrarnos a que un niño muera buscando un lugar seguro donde crecer»

Pilar Algarate Pilar 27 de Septiembre de 2026

La comunidad de Sant’Egidio reúne a una iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas abarrotada en la eucaristía «Morir de esperanza», en el marco de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado.

Tenían un nombre, una historia y un futuro que deseaban construir. Buscaban seguridad, trabajo, paz o, sencillamente, una oportunidad para vivir. Su memoria ha reunido a una iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas abarrotada, en la calle Dos de Mayo, 11, para celebrar la eucaristía «Morir de esperanza», organizada por la comunidad de Sant’Egidio y presidida por Javier Ojeda, delegado de Cáritas Diocesana de Madrid, en recuerdo de las personas migrantes que pierden la vida en su viaje hacia Europa.

Ojeda ha comenzado deteniéndose en la aparente contradicción del nombre de la celebración: «La esperanza está hecha para sostener la vida, no para conducir a la muerte». Sin embargo, hombres, mujeres, jóvenes y niños pierden la vida en el mar, en el desierto y en otras rutas migratorias mientras persiguen ese futuro mejor.

Frente al riesgo de acostumbrarnos a las noticias de naufragios y desapariciones, ha recordado que «el Evangelio habla de personas, habla de rostros, habla de nombres, habla de historias concretas». También se ha dirigido a quienes, presentes en la celebración, conocen el dolor de esos viajes y la espera de noticias de seres queridos que no siempre llegan.

La eucaristía ha sido un acto de memoria por las personas cuyos nombres conocemos y por aquellas cuya identidad permanece desconocida. Una memoria que, como ha explicado el delegado de Cáritas Madrid, va más allá del recuerdo: «La memoria es una forma de hacer presencia, de hacer justicia».

Recordar a quienes murieron en las rutas migratorias significa afirmar que sus vidas tuvieron valor y que sus sueños importaban. Significa también preguntarnos qué podemos hacer para que otras personas no corran la misma suerte.

«El drama de las migraciones no comienza cuando alguien muere en el mar, comienza mucho antes», ha señalado Ojeda. Comienza «cuando una frontera pesa más que una vida» y cuando aceptamos que el sufrimiento de otras personas no tiene nada que ver con nosotros.

En este sentido, ha cuestionado los discursos que presentan a las personas migrantes como un problema o una amenaza y ha denunciado que se utilice la migración como arma política y se intercambien «dignidades por votos». Sus palabras han dejado una pregunta dirigida a toda la sociedad: «¿Cuánto pesa nuestra humanidad?».

La llamada al compromiso se ha dirigido también a las comunidades cristianas. Ojeda ha pedido «que no digamos solamente que somos Iglesia acogedora, sino que trabajemos constantemente por serlo». Una invitación a revisar nuestras miradas, nuestras palabras y los prejuicios que dificultan el encuentro.

«Recordamos a quienes ya no están para aprender a mirar de otra manera a quienes sí están», ha expresado. La memoria de las personas fallecidas se convierte así en una responsabilidad hacia quienes hoy llaman a nuestras puertas, hacia sus derechos y sus posibilidades de construir un futuro.

Al concluir la homilía, Javier Ojeda ha situado esa llamada en el centro de la celebración: «En esa mesa nadie es extranjero, en esa mesa todos somos hijos e hijas de un mismo Padre».

A la mesa de la eucaristía ha llevado los nombres conocidos y desconocidos de quienes murieron buscando esperanza. Porque, como ha recordado, «esas vidas están escritas para siempre en el corazón de Dios».

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