Este fue nuestro Hogar

8 de Octubre de 2026

Por María Ángeles Altozano

¿HICIMOS LO SUFICIENTE?

Dejar ir es parte del proceso de acompañamiento de Cáritas Madrid. Lo hacemos con personas en concreto, que llegan sin hogar o empleo, y con familias ente ras que buscan un lugar donde crecer. A veces se sigue su rastro, otras no.

¿Qué habrá sido de aquella familia? ¿Encontró ella una nueva oportunidad para salir adelante? y esos niños y niñas que un día vimos salir del que fue su hogar, ¿habrán alcanzado más de lo que esperaban, derribado prejuicios o vuelto a la casilla de salida? Al hilo de esas preguntas, nace esta entrevista. Solo podemos evaluar si hicimos lo suficiente si ponemos perspectiva.

Lo hacemos acercándonos un rato a la vida de una de esas familias, de la primera generación del proyecto «Hogar Santa Bárbara», que tiene ya 15 años; se trata de un hogar compartido, donde se acompaña a mujeres que acaban de ser madres durante los primeros meses de su maternidad. En ese tiempo de acompañamiento y aprendizaje compartido la idea es que salgan con herramientas que les permitan no seguir sobreviviendo, sino vivir sus vidas, saber que, pese a estadísticas y estudios sociales, la vulnerabilidad no siempre se hereda.

Regresamos con Rita, Jorge y Alex al que un día fue su hogar. El proyecto sigue vivo, con sus paredes impregna das de olor a colonia y música para bebés. Se oye desde la entrada.

La primera vez que Rita cruzó aquella puerta llevaba de la mano a Jorge, que tenía 3 años, y en brazos a su bebé recién nacido, Alex. «Llegué un poco asustada, pero poco a poco me adapté, me trataron muy bien, y al dejar el «Hogar» me marché con tristeza. Tengo muy buenos recuerdos de aquí, me veo en el salón conversando con otras madres. Me gustaba mucho la habitación, donde estaban mi orden y mi calma». Ahora, Jorge tiene 18 años y Alex 15. Le superan en altura y la miran con ternura y admiración. «Es muy ordenada, es estricta, como tiene que ser una madre —ríen—, pero también es amable y hace todo lo que puede por nosotros, es muy buena madre y la queremos mucho».

En la puerta los recibe Paqui. Paqui para ellos no es una voluntaria, es una segunda madre. Al verlos se emociona y los abraza apretándolos. Ese abrazo es ‘casa’, es ‘familia’. Emocionada, cuando los ve entrar, ella tan habladora y risueña, no sabe qué decir.

Junto a Paqui ha venido también a recibirlos Felicia, una de las hermanas que estuvo en el «Hogar» entonces y que formaba parte de la comunidad de vida que convivía junto a las mujeres en la casa.

Ha pasado mucho tiempo. Pasean por los largos pasillos de este céntrico piso madrileño. Tratan de recordar cuál era su habitación. Jorge recuerda haber estado en la cocina, donde hoy otra madre prepara el almuerzo. Seguimos hacia el salón y antes de entrar se paran frente a una pared repleta de fotografías de muchos de los bebés que han pasado por ahí. Ahí están Jorge y Alex, abrazados, junto a otros niños. Sonríen a la cámara. A Jorge se le vienen entonces a la memoria muchos momentos que, dice, «había olvidado, pero entrar aquí me ha hecho recordarlos; me he visto a mí correteando por aquí y junto a mi hermano frente a la televisión en el salón; en el salón me la pasaba jugando». Guarda silencio. «Hemos sentido nostalgia de ver el lugar y a las personas que nos criaron».

EL RETRATO DE UNA FAMILIA 15 AÑOS DESPUÉS

Pasamos a la sala a charlar un rato. De fondo sigue sonando música para bebés.

Quince años después, la fotografía es muy distinta. Rita tiene un empleo y vive en un piso propio junto a sus hijos que están estudiando, uno aún en el instituto, el otro haciendo Administración de Empresas. Son vecinos del barrio de Usera, donde se sienten integrados y queridos, una familia más de Madrid, aunque Rita sea de Bolivia.

Ella, discreta y poco habladora, se expresa a través de su mirada. Es una madre orgullosa que mira y sonríe tímidamente cuando le preguntamos qué piensa de sus hijos. «Mis hijos son buenos y estudiosos —contesta con prudencia—. A Alex le gusta mucho el fútbol y el ajedrez, y a Jorge le gustan los idiomas y está haciendo ya prácticas en la universidad».

Ambos confiesan llevarse muy bien. De hecho, Jorge, como hermano mayor, es muy protector. ya de pequeño preguntaba a las hermanas del «Hogar»: «Y si yo no estoy, quién se va a hacer cargo de Alex?». Alex lo mira a los ojos y confiesa: «Mi hermano es lo mejor que me podía pasar».

Para Alex, tanto Jorge como su madre, son un ejemplo a seguir y con su esfuerzo le dan lecciones de vida. «A ve ces la vida es difícil, pero veo a mi madre que trabaja y a mi hermano que estudia, y yo sigo sus pasos, me gustaría ser abogado». Él, risueño y extrovertido, no tiene recuerdos del «Hogar», pero se emociona al ver ahora a los bebés que nos acompañan en la sala pensando que él era uno de ellos.

Le preguntamos por Paqui, «una segunda madre para mí», asegura Jorge. Paqui, ‘madrina’ de Jorge y de Alex, y de tantos otros bebés que pasan por el «Hogar». «Esta era mi vida». Ella es voluntaria desde que comenzó este proyecto y ha estado muy vinculada a los tres, han compartido confidencias, vacaciones y muchos bonitos momentos que ha retratado en el álbum que trae y que nos muestra con cariño. «Este es Jorge, cuando venía a mi casa del pueblo», nos dice recordando. De él recuerda también que llamaban mucho la atención «su pelo tan negro y las pestañas tan bonitas, que sigue teniendo», y una divertida anécdota, «el miedo que le tenía a los patos del estanque».

Entre Paqui y Rita hay más que cariño. Hay complicidad y un respeto que las convierte en familia.

Felicia los escucha y observa con atención. «Estoy encantadísima de verlos. Estoy recordando que cuando eran niños, y los veíamos tan vulnerables, siempre pensábamos cómo serían de mayores. ¡Y los veo hechos unos jóvenes! Es hermoso ver su cambio, que van en caminados y que se proponen metas que están por alcanzar. Y eso es lo que nos llena de ilusión, porque qué más queremos que verlos realizados en la vida, por eso apostamos desde que son pequeños, porque tenemos la confianza de que pueden llegar lejos».

Felicia dice de Rita que era «muy buena madre, siempre confió en nosotras y estaba dispuesta a recibir nuestros consejos». Con aquellas primeras madres daba comienzo el proyecto en el «Hogar». La primera generación de niños de Santa Bárbara. «Nunca vamos a olvidar a los del primer grupo, porque con este primer grupo aprendimos todos a ser Santa Bárbara».

Al marcharse dejan un vacío, el de la cama donde ya no duermen, y el del corazón. Por suerte, en el caso de Jorge y Alex, y de tantos otros, no ha sido tal el vacío por que han seguido vinculados. Como nos cuenta Felicia, «no los perdimos de vista, venían a comer, a participar en otras actividades».

«VALIÓ LA PENA» PORQUE LA VULNERABILIDAD NO SIEMPRE SE HEREDA

Pasaron parte de su vida en un hogar peculiar, junto a otras madres que también decidieron seguir hacia adelante solas al cuidado de sus bebés, y a quienes acompañaban un grupo de religiosas, voluntarias y personas del equipo técnico de Cáritas Madrid.

Jorge y Alex son como cualquier joven de su edad. Les gusta el fútbol y el baloncesto, la música rap y el hip hop, ver redes sociales, ir al gimnasio, jugar a los videojuegos, quedar con sus amigos. Jorge se ve dentro de cinco años con su carrera acabada, viajando y emprendiendo un proyecto con amigos, y Alex, estudiando Derecho. y es así como sueña con verlos su madre. «Quiero que tengan sus carreras y que sean buenas personas, hombres comprometidos». De momento van bien encaminados.

«Valió la pena», dice Rita escueta y tajante cuando le preguntamos por la oportunidad que le dieron aquí, por eso a las mujeres que pasan por situaciones como la suya les diría «que sigan adelante, que se esfuercen con sus hijos y, sobre todo, que no olviden a quienes les apoyaron, a quienes estuvieron».

Ahora son una familia monoparental más que no cerró puertas, sino que abrió otras, por eso no olvidan que «el hecho de que nos ayudaran ha hecho que podamos seguir adelante y seamos lo que somos hoy», dice Jorge agradecido. Esto es lo que ha sido de ellos. Con su actitud, y los apoyos necesarios, nos muestran que las dificultades de partida pueden marcar el comienzo de una vida, sí, pero no determinar su futuro.

Acabamos la entrevista. «Uno de los bebés llora». La hora de comer se anuncia en el «Hogar».

 

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