El eclipse que nos enseña a mirar

Pilar Algarate Pilar 12 de Agosto de 2026

Hoy, 12 de agosto, necesitaremos unas gafas para mirar al cielo. Quizá también necesitemos cambiar las gafas con las que miramos nuestro mundo.

Hoy, 12 de agosto, ocurrirá algo que muchas personas llevamos tiempo esperando. A última hora de la tarde, la Luna se interpondrá entre la Tierra y el Sol y el cielo irá cambiando poco a poco. En algunos lugares llegará a oscurecerse casi por completo.

Será uno de esos momentos en los que, casi sin ponernos de acuerdo, miles de personas haremos el mismo gesto: alzar la mirada.

Resulta curioso. Llevamos meses escuchando esas dos palabras. Alza la mirada. Las hemos escuchado también de labios del papa León XIV y las hemos hecho nuestras. Y justo cuando llega uno de los días en los que más personas vamos a mirar hacia arriba, todas las recomendaciones insisten en algo aparentemente contradictorio:

No mires directamente al Sol.

O, mejor dicho, no lo mires de cualquier manera.

Para contemplar el eclipse necesitaremos unas gafas especiales, homologadas, que protejan nuestros ojos. No sirven unas gafas de sol normales. Tampoco inventos caseros. Para mirar tendremos que protegernos y aprender cómo hacerlo.

Y quizá ahí haya algo más que una recomendación para contemplar un fenómeno astronómico.

Porque no basta con mirar. Hay que aprender a mirar.

¿Con qué gafas miramos?

Pasamos buena parte del día mirando. Miramos las noticias y las redes sociales. Miramos lo que ocurre en nuestras calles y nuestros barrios. Miramos a las personas que llegan, a quien pide ayuda, a quien duerme en la calle, a quien busca una vivienda, a quien habla otro idioma, a quien piensa diferente, a quien se equivoca.

Pero no siempre vemos.

Porque también nosotros llevamos nuestras propias gafas.

A veces tienen el filtro de las prisas. Otras, el de los prejuicios, el miedo, las etiquetas o las experiencias que hemos ido acumulando. Hay realidades que hemos visto tantas veces que casi han terminado haciéndose invisibles.

Y hay otras gafas que nos ayudan a mirar de una manera diferente: las de la escucha, la cercanía, la compasión y el reconocimiento de la dignidad de cada persona.

Jesús también enseñó a mirar así.

Donde otras personas veían a alguien incómodo, extranjero, enfermo, pecador o insignificante, Él veía, antes que nada, una persona. Se detenía. Escuchaba. Preguntaba. Se acercaba. Llamaba por su nombre.

Quizá alzar la mirada tenga mucho que ver con esto.

No con mirar por encima de nadie, sino con aprender a mirar como Él.

Alcemos juntos la mirada

Hay además una palabra que cobra especial sentido al comenzar el nuevo curso pastoral en Madrid: juntos.

La Iglesia de Madrid recoge la llamada del papa León XIV y nos propone para este curso «Alcemos juntos la mirada».

No se trata solo de mirar hacia arriba. Ni de buscar a Dios alejándonos de aquello que ocurre a nuestro alrededor. Al contrario. Alzar la mirada hacia Dios debería ayudarnos a mirar mejor nuestra realidad y a descubrir a las personas que quizá nuestras prisas habían dejado fuera del encuadre.

Y hacerlo juntos cambia las cosas.

Necesitamos comunidades que nos ayuden a descubrir lo que no estamos viendo. Personas que cuestionen nuestros prejuicios. Equipos capaces de detenerse, escuchar y discernir. Parroquias y comunidades cristianas donde cada persona pueda sentirse acogida y reconocida, y encuentre un lugar desde el que seguir caminando.

También en Cáritas necesitamos revisar de vez en cuando nuestras gafas.

Porque acompañar no es decidir por otra persona ni mirar su vida desde arriba. Es acercarnos, escuchar, reconocer capacidades, generar oportunidades y caminar a su lado respetando sus tiempos y sus decisiones.

Cuando parece desaparecer la luz

Durante el eclipse ocurrirá algo más.

Por unos minutos veremos cómo el Sol va desapareciendo detrás de la Luna. La luz disminuirá y nuestro paisaje cotidiano se volverá extraño.

Pero el Sol seguirá estando ahí.

Hay momentos de la vida que se parecen bastante a eso.

Una pérdida. Una enfermedad. Meses buscando empleo. No encontrar una vivienda. Tener que dejar el propio país. La soledad. La incertidumbre ante unos papeles que no llegan. No saber cómo terminará el mes.

Hay momentos en los que cuesta ver la luz aunque sepamos que debería seguir existiendo en alguna parte.

Quizá nuestra tarea como comunidad cristiana no sea explicar desde lejos a quien atraviesa uno de esos momentos dónde tiene que encontrarla.

Muchas veces será simplemente acercarnos.

Escuchar.

Permanecer.

Y ayudar a que esa persona pueda volver a descubrirla por sí misma.

El próximo 12 de agosto, cuando llegue el momento, nos pondremos nuestras gafas y alzaremos la mirada. Durante unos minutos muchas personas estaremos mirando hacia el mismo cielo.

Después terminará el eclipse. Guardaremos las gafas. Bajaremos la cabeza y volveremos a nuestras cosas.

Quizá entonces comience lo verdaderamente importante.

Seguir alzando la mirada cuando ya no haya ningún eclipse que contemplar.

Mirar a Cristo.
Mirar nuestro mundo.
Mirarnos unas personas a otras.

Y hacerlo juntos.

Porque para mirar el eclipse necesitaremos unas gafas especiales.

Para mirar a las personas, quizá necesitemos aprender a mirar con los ojos de Dios.

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