«La grazia de la duda»

8 de Octubre de 2026

CRÍTICA DE LA PELÍCULA «LA GRAZIA»

Por Juan José Gómez-Escalonilla Arellano

 

HAy DOS FRASES que marcan mi lectura de la pelí cula y es el tránsito entre dos frases del protagonista —Mariano de Santis—. La primera presenta el recuerdo como dolor y drama, «si recuerdo, muero»; la segunda, al finalizar la película, con un «no quiero olvidar» liberador. Su vida transita entre ambas.

Hay películas que entretienen y películas que interpelan. La Grazia, la última obra de Paolo Sorrentino, pertenece a la segunda categoría, aunque lo haga con una elegancia tan contenida que algún espectador podría confundirla con distancia. No es distancia: es precisión.

Un político de otra época: gris en el mejor sentido, sin escándalo, sin estridencia. Lo que Sorrentino nos pro pone no es un retrato del poder sino un retrato de la conciencia: un hombre que debe decidir sobre una ley de eutanasia, sobre indultos, sobre el peso de sus propias heridas sin cicatrizar, todo ello mientras convive con la ausencia irreparable de su mujer.

Los palacios presidenciales no son aquí escenario de la vanidad sino de la soledad. La belleza visual, con la foto grafía de Daria D’Antonio, no decora, aísla.

El eje vertebrador de la película es la duda. No la duda como debilidad, sino como forma de honestidad intelec tual y moral. «La gracia es la belleza de la duda», dice un personaje, y esa frase podría ser el programa teológico de toda la obra. En un tiempo en que la certeza se ha convertido en moneda electoral, De Santis encarna algo casi subversivo: un hombre que no sabe, que espera, que escucha. Que reza y se queda dormido haciéndolo. Que no confunde la fe con la seguridad, ni la convicción con la verdad.

Pero hay otro hilo que atraviesa la película con mayor intensidad emocional: el duelo. De Santis lleva ocho años con la muerte de su mujer clavada en el cuerpo como una herida que no cierra. Y cuando al final, en voz baja, dice que no quiere olvidar —que prefiere el dolor del recuerdo a la anestesia del olvido— la película alcanza su momento más hondo. No es una declaración de amor romántico. Es una declaración antropológica: somos lo que recordamos, y renunciar a la memoria, aunque duela, sería renunciar a ser quien uno es.

Para quien trabaja desde una perspectiva cristiana: la coherencia como forma de vida, la vejez como tiem po de verdad, la política como servicio posible aunque improbable, y la gracia —en su doble sentido, el jurídi co y el espiritual— como gesto que no resuelve, pero redime.

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