Corpus Christi: alzad la mirada y reconoced a Cristo en el hermano

Pilar Algarate Pilar 7 de Junio de 2026

El Día de la Caridad y el día del Corpus Christi, es decir la celebración de la Eucaristía. No es casualidad que coincidan en el mismo día. Celebrar la eucaristía es celebrar y hacer presente la vida que Jesús entrega por amor a toda la humanidad y que se hace presente en el pan y el vino cada vez que nos reunimos en torno a su mesa.

Celebramos hoy la solemnidad del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Una fiesta que no se queda dentro de los templos, sino que sale a las calles, a las plazas y a la vida. Porque la Eucaristía no es un tesoro para guardar, sino un don para compartir.

Moisés recuerda al pueblo el largo camino por el desierto. Un camino de dificultades, hambre, incertidumbre y fragilidad. Pero también un camino donde Dios nunca abandonó a su pueblo. Lo alimentó con el maná y le enseñó que la vida no se sostiene solo con el pan material, sino también con la Palabra que sale de su boca.

También hoy muchas personas atraviesan desiertos: la soledad, la pobreza, la enfermedad, la falta de oportunidades, la incertidumbre ante el futuro o la experiencia de migrar buscando una vida mejor. Y precisamente en esos desiertos Dios sigue haciendo brotar agua de la roca y sigue alimentando la esperanza a través de tantas personas que acompañan, escuchan y sostienen.

Por eso resultaron tan significativas las palabras del papa León XIV durante su visita a CEDIA. Allí recordó que «nadie se queda solo» y que en una verdadera familia ocurren milagros de amor. Escuchando testimonios marcados por el sufrimiento, pero también por la esperanza, nos invitó a reconocer la presencia de Dios en quienes más necesitan ser mirados, acogidos y acompañados.

San Pablo nos recuerda que el pan que partimos nos une a Cristo y nos convierte en un solo cuerpo. La Eucaristía construye comunidad. No podemos compartir el mismo pan y vivir indiferentes al dolor de quienes tenemos al lado. El Cuerpo de Cristo que adoramos en la custodia es el mismo Cristo que encontramos en quien llama a nuestra puerta, en quien busca una oportunidad, en quien necesita ser escuchado o simplemente acompañado.

El Evangelio de hoy nos sitúa en el centro de todo: amar a Dios y amar al prójimo. Jesús deja claro que no hay mandamiento más importante. Toda celebración, toda oración y toda devoción encuentran su verdad cuando desembocan en el amor concreto.

Por eso el Papa nos recordó que la caridad no admite demoras. «Alzad la mirada» no es solo el lema de una visita; es una llamada permanente para la Iglesia. Alzar la mirada significa salir de nuestras preocupaciones para descubrir los campos que esperan ser cosechados, las personas que esperan una mano tendida, una palabra de aliento o una presencia cercana.

Hoy, en este Corpus Christi, la procesión más importante no es solo la que recorrerá nuestras calles. Es la que lleva a Cristo desde el altar hasta nuestro corazón y desde nuestro corazón hasta las personas que más lo necesitan.

Que al recibir el Pan de Vida aprendamos a mirar como Jesús mira. Que tengamos, como decía León XIV, un corazón vivo, cálido y palpitante. Y que, siguiendo el ejemplo de María, hagamos de nuestra vida una respuesta de amor que transforme la realidad.

Porque la Eucaristía solo se comprende plenamente cuando se convierte en fraternidad, justicia, encuentro y esperanza.

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