Cobo: ¿Qué estamos sembrando nosotros ahora?

Pilar Algarate 2 de Noviembre de 2026

El cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, ha recordado este 2 de noviembre, en la catedral de la Almudena, a quienes han construido la Iglesia de Madrid antes que nosotros y ha invitado a preguntarnos qué estamos dejando a quienes vendrán después.

«Muchos de nosotros somos hoy lo que somos gracias a la gente que nos ha precedido». Con esta mirada a quienes siguen formando parte de nuestra vida, aunque ya no estén, el cardenal José Cobo ha celebrado este 2 de noviembre, en la catedral de Santa María la Real de la Almudena, la Eucaristía por la conmemoración de los Fieles Difuntos.

Antes, el arzobispo de Madrid había estado en la Sacramental de San Isidro. Una jornada para recordar a nuestros familiares y personas queridas, pero también, como ha subrayado Cobo, a quienes ya no tienen a nadie que los recuerde. «Nosotros recordamos a unos pocos. Dios conoce a todos y ninguno de sus hijos queda olvidado para Él».

Una Iglesia construida por muchas vidas

La celebración ha tenido muy presente a quienes han ido haciendo posible la historia de la Iglesia de Madrid. Se ha rezado especialmente por los obispos que han precedido a Cobo al frente de la diócesis, pero también por sacerdotes, personas consagradas, familias y tantos laicos y laicas que han formado parte de sus comunidades.

Porque, como ha señalado el cardenal, «una Iglesia nunca es obra de una sola persona, ni de uno solo de sus ministerios».

Cobo ha hablado también de la relación entre un pastor y su pueblo, poniendo el acento en algo que no siempre se cuenta: no solo el obispo deja huella en una diócesis, también la diócesis va haciendo a su obispo.

«Un obispo aprende a ser pastor escuchando a la gente, compartiendo sus dificultades, dejándose interpelar por los pobres, por las familias, por los sacerdotes, por los que sufren».

Ningún pastor tiene todas las respuestas y ninguna generación puede hacerlo todo, ha reconocido. Cada una recibe una parte de la tarea y tiene que saber que llegará el momento de dejarla en otras manos. «La Iglesia no nos pertenece».

La fe no evita las lágrimas

La memoria de quienes han muerto lleva también a preguntarnos qué queda de una vida, de lo amado, lo vivido y lo compartido.

Cobo ha respondido desde la promesa de Jesús: «Yo lo resucitaré en el último día». La esperanza cristiana, ha explicado, no consiste únicamente en mantener vivo el recuerdo. Con los años se olvidan nombres y se pierden historias, «pero Dios no olvida».

Y esa esperanza no elimina el dolor. «También Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro». La fe no sirve para esconder las lágrimas ni para encontrar respuestas fáciles ante la muerte, sino para vivir ese dolor sostenidos por la confianza en el Resucitado.

Por eso, ha dicho Cobo, rezar por nuestros difuntos es también «una manera de seguir amándolos cuando nosotros ya no podemos hacer nada por ellos».

Una idea que este mismo 2 de noviembre ha expresado el papa León XIV durante la celebración de los Fieles Difuntos en el cementerio romano del Verano: «Nuestro vínculo con los fieles difuntos no se rompe, sino que se transforma».

El Papa ha pedido confiar a quienes han muerto «a las manos paternas y seguras de Dios» y ha recordado especialmente a quienes han perdido a una persona querida por la violencia de la guerra. Ha pedido que las lágrimas de madres, niños y personas mayores «conmuevan las conciencias de quienes tienen el poder de hacer callar las armas».

Lo que dejamos a quienes vienen detrás

Pero don José no ha querido que la celebración se quede solo en mirar al pasado. Recordar a quienes nos precedieron lleva también a preguntarnos por nuestra propia vida y por la Iglesia que estamos construyendo hoy.

Con el paso de los años, ha señalado, muchas cosas que parecían decisivas dejan de serlo. En cambio, permanecen gestos aparentemente pequeños: una palabra que llegó en el momento oportuno, el tiempo dedicado a alguien, la cercanía o la fidelidad cuando las cosas se pusieron difíciles.

También ocurre con quienes han tenido responsabilidades en la Iglesia. Más allá de decisiones y planes pastorales, quedan frutos difíciles de medir: una vocación que pudo madurar, una comunidad que encontró aliento, un sacerdote que pudo seguir adelante o alguien que descubrió algo del rostro de Dios gracias a la cercanía de otra persona.

Y desde ahí ha lanzado una de las preguntas centrales de su homilía: «¿Qué estamos sembrando nosotros ahora? ¿Qué estamos sembrando en esta Iglesia que hemos recibido?».

Porque llegará un día en que otras personas tendrán que continuar lo que hoy está en nuestras manos. Y recibirán, ha advertido, una Iglesia «con las posibilidades que nosotros juntos hayamos sabido abrir, con los vínculos que hemos cuidado y también con las dificultades que no hayamos conseguido resolver».

Cobo ha terminado invitando a agradecer la vida de quienes nos precedieron, tanto de quienes todavía recordamos como de quienes ya nadie conoce. Y ha dejado una tarea para el presente: «Que sepamos recibir con gratitud lo que otros nos entregaron y que sepamos cuidar esta Iglesia que un día tendremos que dejar en manos de otros».

Fotos: Luis Miguel Modino

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