A quienes cantan para iluminar la vida

8 de Octubre de 2026

DEDICADO A QUIENES LLEVAN ALEGRÍA, COMPAÑÍA Y TERNURA DONDE MÁS FALTA HACE

Por Julio Sánchez Castro

Voluntario de Cáritas Vicaría I

HAY DÍAS en los hospitales en los que el tiempo parece caminar más despacio. Días en los que cada persona lleva por dentro su propia batalla, su cansancio, sus miedos y sus silencios. Días en los que una sala puede estar llena de gente y, aun así, sentirse un poco fría.

Pero hoy, en el Hospital zendal, ha ocurrido algo sencillo y enorme a la vez.

Han entrado ellos. Un grupo de personas mayores vestidas con alegría, con flores, con guitarras, con palmas y con voces nacidas del cariño. No venían a pedir nada. No venían a recibir aplausos. Venían a entregar lo más valioso que una persona puede dar, su tiempo, su ilusión y un pedazo limpio de su corazón.

Cantaron sevillanas. y mientras cantaban, algo cambió en el ambiente.

La enfermedad seguía allí, claro. Seguían las sillas, los tra tamientos, las esperas y las miradas cansadas. Pero por unos momentos, la vida abrió una ventana. Entró música. Entró color. Entró una alegría humilde, de esas que no hacen ruido, pero acarician el alma.

Yo los miraba y pensaba: «Qué grande es la gente que, aún teniendo sus propios años, sus propias heridas y sus propios cansancios, todavía encuentra fuerzas para levantarse, arreglarse, salir de casa y acudir donde otros necesitan una sonrisa».

Porque ser voluntario no es solo cantar. No es solo tocar una guitarra, dar palmas o ponerse una flor en el pelo. Ser voluntario es decir a otra persona: no estás sola. Es acercarse al dolor sin miedo. Es llevar compañía donde a veces pesa la tristeza. Es convertir un rato cualquiera en un recuerdo hermoso.

Hoy estas sevillanas no fueron solo música. Fueron medicina sin receta. Fueron abrazos sin brazos. Fueron luz en medio de una mañana de hospital. y quizá ellos no lo sepan, pero hicieron algo muy importante: nos recordaron que seguimos siendo personas antes que pacientes. Que dentro de cada enfermedad todavía hay un corazón que escucha, que se emociona, que agradece y que se siente acompañado.

A esos voluntarios quiero decirles gracias.

Gracias por venir. Gracias por cantar. Gracias por traer alegría. Gracias por gastar vuestro tiempo en los demás, cuando podríais guardarlo solo para vosotros. Gracias por demostrar que la edad no apaga la generosidad, sino que muchas veces la vuelve más sabia, más tierna y más verdadera.

Vosotros no lleváis bata blanca, pero también cuidáis. No recetáis medicinas, pero aliviáis. No curáis enfermedades, pero hacéis algo inmenso: ayudáis a vivirlas con un poco más de esperanza.

Y eso, creedme, vale mucho. He recordado la frase: «Ser voluntario es acercarse al dolor sin miedo y dejar allí una sonrisa». Hoy, en aquella sala, habéis dejado calor humano. Por eso, este pequeño relato es para vosotros: para los que cantasteis en el zendal y para todas las personas voluntarias que, en hospitales, residencias, asociaciones y tantos rincones del mundo, entregáis vuestra presencia para que otros se sientan un poquito menos solos y un poquito más felices.

Mi admiración, mi cariño y mi agradecimiento.

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