Las Bienaventuranzas: el camino de la verdadera felicidad

Pilar Algarate Pilar 1 de Febrero de 2026

El Evangelio de este domingo nos sitúa en uno de los momentos más decisivos del mensaje de Jesús: el discurso de las Bienaventuranzas. Jesús sube al monte, se sienta y comienza a enseñar. El gesto no es casual: como en el Sinaí, se anuncia una palabra que orienta la vida, pero ahora no en forma de mandamientos, sino como una propuesta de felicidad profundamente distinta a la que ofrece el mundo.

Las bienaventuranzas no describen una vida fácil ni exenta de dolor. Al contrario, Jesús llama dichosas a las personas pobres de espíritu, a quienes lloran, a las que sufren, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a las misericordiosas, a las limpias de corazón, a las que trabajan por la paz y a las perseguidas por vivir con coherencia. Son realidades que no solemos asociar con la felicidad, pero que Jesús coloca en el centro del Reino.

Como recordaba el papa Francisco, las bienaventuranzas son la “carta de identidad del cristiano”, porque dibujan el rostro mismo de Jesús y su forma de vivir. No imponen obligaciones ni ofrecen recompensas inmediatas, sino que revelan un camino: el de una vida sostenida por la gracia, abierta a Dios y comprometida con las demás personas. La felicidad de la que habla Jesús no nace de tenerlo todo, sino de vivir desde el amor, la misericordia y la justicia.

Este Evangelio nos interpela de manera muy concreta. Nos invita a mirar la realidad con otros ojos: a reconocer la dignidad de quienes viven situaciones de pobreza, de dolor o de exclusión; a no huir del sufrimiento ajeno; a trabajar por la paz en medio de contextos de división; a no renunciar al deseo de justicia, incluso cuando parece que no da frutos inmediatos.

Las bienaventuranzas nos recuerdan que el Reino de Dios ya está actuando allí donde hay personas que cuidan, acompañan, consuelan y sostienen la vida. Allí donde alguien decide ser misericordia, construir puentes, sanar heridas o mantenerse fiel al bien, incluso en medio de la dificultad, Dios ya está haciendo nuevas todas las cosas.

Que este IV Domingo del Tiempo Ordinario nos ayude a dejarnos enseñar por Jesús, a revisar nuestros criterios de felicidad y a caminar con sencillez por el sendero del Reino, sabiendo que la verdadera bienaventuranza nace cuando ponemos la vida al servicio del amor.

Lectura del Evangelio

Mateo 5, 1-12a

Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Preguntas para la reflexión

  • ¿Qué entiendo hoy por felicidad ¿En qué se parece —o se diferencia— de la felicidad que Jesús propone en las Bienaventuranzas?
  • Al escuchar “dichosos los pobres, los que lloran, los que trabajan por la paz…”, ¿qué sentimientos se despiertan en mí: resistencia, consuelo, esperanza, incomodidad?
  • ¿Con qué bienaventuranza me siento más identificada o identificado en este momento de mi vida? ¿Por qué?
  • ¿Qué personas o situaciones concretas de mi entorno encarnan hoy estas bienaventuranzas —la pobreza, la misericordia, la búsqueda de justicia, el trabajo por la paz—?

Oración

Señor Jesús,
Tú subes al monte y nos enseñas el camino de la verdadera felicidad. No nos prometes una vida fácil, sino una vida plena, enraizada en el amor, la justicia y la misericordia.

Enséñanos a mirar el mundo con tus ojos, a reconocer como bienaventuradas a las personas pobres, a quienes sufren, a quienes buscan la paz y no se cansan de hacer el bien.

Que no tengamos miedo de una felicidad que pasa por la entrega y por la cercanía a quienes más lo necesitan.

Haz nuestro corazón pobre y libre, capaz de llorar con quienes lloran, de trabajar por la justicia sin rendirse, de sembrar paz en medio de tantas heridas y divisiones.

Que tu Palabra transforme nuestros criterios, y nos ayude a vivir cada día según el estilo del Reino, para que nuestra vida —con gestos sencillos y concretos— sea también una buena noticia para las demás personas.

Amén.

Volver