Entre la vida que comienza, una visita que se queda. Fiesta de la Presentación del Señor
Pilar Algarate Pilar 2 de Febrero de 2026Hay visitas que no se anuncian con trompetas y, sin embargo, lo dicen todo. La del cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, al Hogar Santa Bárbara II de Cáritas diocesana de Madrid fue una de esas. Un encuentro sencillo, cercano, en uno de esos días que la Iglesia guarda con especial cuidado porque hablan de la vida, de la luz y de la esperanza que se abre paso incluso en la fragilidad.
No era un día cualquiera. Coincidían la fiesta de la Presentación del Señor, la Virgen de la Candelaria y la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Una fecha que prolonga, para muchas personas, el tiempo de Navidad y que recuerda que la vida se presenta, se ofrece y se cuida. En ese marco, el Hogar Santa Bárbara II, ubicado en el Palacio Arzobispal de Madrid, se convirtió en un lugar donde la liturgia se hizo cotidiana.
El Hogar Santa Bárbara II es un recurso de acogida y acompañamiento a mujeres con bebés que atraviesan situaciones de especial vulnerabilidad. Un espacio donde no solo se ofrece un techo, sino tiempo, escucha y apoyo para fortalecer el vínculo materno-filial, recuperar la confianza y reconstruir, paso a paso, un proyecto de vida posible. Allí, la vida no se gestiona: se acompaña.
Durante el encuentro, el cardenal Cobo invitó a no dejar pasar este tiempo como uno más. A vivir la semana desde el Evangelio de las Bienaventuranzas, no como palabras hermosas escuchadas en domingo y olvidadas al salir, sino como una forma concreta de estar en el mundo.
La visita contó con la presencia de Clara, religiosa de las Misioneras Siervas del Espíritu Santo vinculada al proyecto, la responsable del proyecto, y de las personas voluntarias que sostienen el día a día del hogar con una dedicación silenciosa y constante. Junto a ellas, el encuentro fue también un gesto de reconocimiento a quienes hacen posible que la acogida sea real y sostenida en el tiempo.
No fue un acto institucional ni una agenda que cumplir. Fue un detenerse. Un escuchar. Un compartir. Porque, entre la vida de nuestra ciudad, con sus ritmos, sus heridas y sus esperanzas, Dios sigue saliendo al encuentro, especialmente allí donde la vida comienza en condiciones más frágiles y, precisamente por eso, más dignas de ser cuidadas.