Elegir la vida desde el corazón: una justicia que nace del amor
Pilar Algarate Pilar 15 de Febrero de 2026Lecturas: Eclesiástico (Sirácida) 15, 15-20; Salmo 118 (119), 1-2. 4-5. 17-18. 33-34; 1 Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37
Sexta semana del Tiempo Ordinario
Memoria libre de san Claudio de la Colombière, presbítero
La Palabra que escuchamos hoy nos sitúa ante una verdad profunda: la vida es elección. El libro del Eclesiástico nos recuerda que Dios pone delante de cada persona “fuego y agua”, vida y muerte. No somos marionetas del destino ni piezas arrastradas por fuerzas ciegas. La libertad es un don precioso y, al mismo tiempo, una responsabilidad. Elegir el bien, optar por el amor, apostar por la justicia… no es automático. Es una decisión cotidiana.
El salmo 118 responde a esta invitación con una actitud confiada: “Dichoso el que camina en la ley del Señor”. No se trata de una ley entendida como carga, sino como camino de plenitud. La ley del Señor es sabiduría que orienta, luz que abre los ojos y ensancha el corazón. Cuando pedimos: “Ábreme los ojos”, estamos reconociendo que necesitamos aprender a mirar la realidad con profundidad, especialmente la realidad de quienes más sufren.
San Pablo, en la primera carta a los Corintios, habla de una sabiduría que no es de este mundo. Es la sabiduría del amor entregado, la que el Espíritu revela a quienes se dejan conducir por Dios. No es una lógica de poder ni de prestigio, sino de gratuidad. En un contexto social que valora la eficacia y el éxito, esta sabiduría invita a otra escala de valores: la del cuidado, la compasión y la fidelidad.
El Evangelio según san Mateo nos lleva aún más lejos. Jesús no elimina la Ley; la lleva a su plenitud. Y esa plenitud no se queda en el cumplimiento externo. Va al corazón. No basta con no matar; es necesario desterrar la violencia interior. No basta con cumplir formalidades religiosas; es urgente reconciliarse. No basta con palabras correctas; hace falta coherencia: “que vuestro hablar sea sí, sí; no, no”.
Jesús nos invita a una justicia mayor, una justicia que nace del amor y transforma las relaciones. La reconciliación, el respeto, la dignidad de cada persona, la limpieza del corazón… son signos de un Reino que empieza ya en lo cotidiano.
En un mundo marcado por tensiones, discursos agresivos y fracturas sociales, esta Palabra nos interpela con fuerza. ¿Cómo usamos nuestra libertad? ¿Qué elegimos cada día: el fuego que destruye o el agua que da vida? ¿Contribuimos a sanar las relaciones o a endurecerlas?
Hoy se nos recuerda que la fidelidad a Dios pasa por la coherencia en lo pequeño, por la honestidad en el hablar, por el cuidado de los vínculos. No es un ideal inalcanzable, sino un camino posible si dejamos que el Espíritu nos enseñe esa sabiduría escondida que transforma el corazón.
Pidamos la gracia de elegir la vida, de caminar en una justicia que nazca del amor y de ser personas que, con su palabra y su actitud, siembren reconciliación y esperanza en medio de la comunidad.
Lectura del Evangelio: Mateo 5, 17-37
No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la gehenna del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la gehenna. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la gehenna. Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”. Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio. También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”. Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.
Preguntas para la reflexión:
- Jesús nos invita a una justicia que nace del corazón.
- ¿Vivo mi fe solo desde el cumplimiento externo o dejo que transforme mis actitudes profundas?
- ¿Cómo gestiono la cólera, el juicio o las palabras que pueden herir?
- “Ve primero a reconciliarte”.
- ¿Hay alguna relación que necesite sanar?
- ¿Doy pasos concretos hacia la reconciliación en mi familia, en mi comunidad o en mi trabajo?
- “Que vuestro hablar sea sí, sí; no, no”.
- ¿Mi palabra es clara, honesta y coherente?
- ¿Transmito confianza y verdad en mis relaciones cotidianas?
Oración:
Señor, Tú pones delante de cada persona el camino de la vida. Enséñanos a elegir lo que construye, lo que sana, lo que acerca. Purifica nuestro corazón para que nuestra justicia nazca del amor y no del orgullo o la apariencia. Danos una palabra limpia, capaz de reconciliar y no de dividir; unos gestos coherentes, capaces de reflejar tu sabiduría. Que tu Espíritu nos ayude a caminar con fidelidad, a cuidar a las demás personas y a sembrar esperanza en cada encuentro. Amén.