El desierto: tierra sin huellas
Pilar Algarate Pilar 22 de Febrero de 2026Lecturas: Gn 2,7-9; 3,1-7 · Sal 50(51) · Rom 5,12-19 (o 5,12.17-19) · Mt 4,1-11
Jesús es conducido al desierto. No entra por iniciativa propia, sino impulsado por el Espíritu. El desierto no es un lugar de castigo, sino un espacio de verdad. Allí se despojan las apariencias, se deshacen las seguridades y aflora lo que verdaderamente sostiene la vida.
Las tentaciones que Jesús afronta no son extraordinarias ni ajenas a nuestra experiencia. Son las mismas que atraviesan nuestra historia personal y comunitaria: convertir las piedras en pan para resolverlo todo desde la autosuficiencia; buscar el éxito o el reconocimiento como medida del valor; querer controlar, dominar o asegurar el futuro desde el poder.
En el fondo, la tentación es elegir la seguridad antes que la confianza, el tener antes que el ser, el dominio antes que el servicio.
Jesús responde desde la fidelidad al Padre. No negocia su identidad ni su misión. Elige alimentarse de la Palabra, confiar y adorar solo a Dios. Elige el camino humilde del servicio.
La Cuaresma nos invita a entrar también nosotros en esta “tierra sin huellas”. A salir de los caminos ya trazados, de los automatismos, de las prisas, y preguntarnos con honestidad: ¿hacia dónde estoy caminando? ¿qué ocupa el centro de mi vida?
En nuestra acción caritativa también hay desiertos: cansancio, frustración, sensación de no llegar a todo, soledades silenciosas. Este domingo nos recuerda que el desierto no es el final. Es el lugar donde se clarifica el sentido y se fortalece la misión.
Entrar en el desierto no es aislarnos de la realidad. Es prepararnos para vivirla con mayor libertad, más hondura y mayor compromiso.
Lectura del Evangelio: Mt 4,1-11
Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Preguntas para la reflexión
- ¿Cuáles son hoy mis tentaciones más habituales?
- ¿En qué momentos busco seguridad antes que confianza?
- ¿De qué me alimento interiormente cada día?
- ¿Qué desiertos estoy atravesando en mi vida o en mi servicio?
Oración
Señor, condúcenos al desierto del silencio y la verdad. Haznos reconocer nuestras fragilidades sin miedo ni autojustificaciones. Ablanda lo que está endurecido en nuestro corazón. Líbranos de la tentación del poder y del protagonismo. Enséñanos a confiar, a servir y a adorar solo a Ti.
Que tu Palabra sea nuestro alimento y tu Espíritu nuestra fuerza.
Amén.
Gesto para la semana: Colocar una piedra en un lugar visible (en el oratorio o en casa). Nombrar en silencio qué representa: una tentación, un miedo, una carga, una actitud que necesita conversión. Durante la semana, volver a mirarla y preguntarnos: ¿Estoy dejando que Dios ablande esta piedra?