Un pastor que no se impone, sino que cuida
Pilar Algarate Pilar 26 de Abril de 2026Jesús, el Buen Pastor, nos guía por el camino de la vida: "El Señor es mi pastor, nada me falta".
Lecturas: Hechos de los apóstoles (2,14a.36-41). Sal 22,1-3a.3b-4.5. Primera carta del apóstol san Pedro (2,20-25). Evangelio según san Juan (10,1-10).
En este Cuarto Domingo de Pascua, la Iglesia nos regala una imagen que atraviesa el corazón: Jesús como Buen Pastor. No es una metáfora lejana ni una figura idealizada. Es una forma concreta de estar en el mundo. Una manera de mirar, de tocar la vida, de hacerse presente.
El Buen Pastor no dirige desde arriba, ni se protege detrás de normas o distancias. Camina. Se mezcla. Conoce por el nombre, no por etiquetas. Y, sobre todo, no abandona. En un tiempo donde tantas personas experimentan la soledad, la exclusión o el descarte, esta imagen se vuelve profundamente actual: hay alguien que no pasa de largo, alguien que se queda.
Jesús no ama en abstracto. Su amor es vínculo, es cercanía radical. Nada de lo humano le resulta indiferente. En Él descubrimos que Dios no es ajeno a nuestras heridas, sino que las habita para sanarlas desde dentro. Su resurrección no es solo victoria sobre la muerte: es una presencia nueva que sigue sosteniendo la vida, especialmente la más frágil.
El Evangelio nos abre también un camino: formar parte de su rebaño no es encerrarse, sino aprender a vivir de otra manera. Es entrar en una comunidad donde nadie sobra, donde cada persona cuenta y donde la vida se comparte. Una comunidad que no levanta muros, sino que abre puertas.
Por eso, hoy resuenan tres verbos que pueden orientar nuestro caminar:
Buscar. Salir de la comodidad, no acostumbrarnos a que haya personas fuera. El amor verdadero no espera: se mueve, se arriesga, incomoda incluso. Buscar es romper la indiferencia.
Incluir. Nadie queda fuera del corazón de Dios. Tampoco debería quedar fuera del nuestro. Incluir no es solo acoger, es reconocer dignidad, dar espacio, hacer familia. Es mirar con ternura incluso cuando cuesta.
Alegrarse. La alegría del Evangelio no es superficial. Nace cuando alguien recupera la esperanza, cuando una vida se levanta, cuando el amor vence al miedo. Es una alegría compartida, que crece cuando se reparte.
El Buen Pastor sigue pasando hoy por nuestras vidas, a veces en silencio, a veces en los rostros concretos de quienes acompañan, cuidan y sostienen. Escuchar su voz implica también dejarnos transformar: pasar del “yo” al “nosotras y nosotros”, del aislamiento a la comunión, del miedo a la confianza.
Porque, al final, la fe no es solo creer en un Pastor bueno. Es aprender a parecernos a Él.
Lectura del santo evangelio según san Juan
Juan 10, 1-10
En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: "Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños".
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo, son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado.
Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia''.
Oración
Señor Jesús, Buen Pastor,
Tú que conoces nuestro nombre
y no pasas de largo ante nuestra vida,
enséñanos a escuchar tu voz
en medio del ruido y de las prisas,
a reconocerte en quienes caminan a nuestro lado,
especialmente en quienes más necesitan cuidado.
Danos un corazón que busca,
que no se conforma con lo fácil,
que no se acostumbra a la ausencia de otras personas.
Danos una mirada que incluya,
que no juzgue ni excluya,
que sepa descubrir dignidad en cada rostro.
Y regálanos tu alegría,
esa que nace cuando la vida se levanta,
cuando alguien vuelve a sentirse en casa,
cuando el amor se hace camino compartido.
Que aprendamos de Ti
a dar la vida en lo pequeño,
a cuidar sin ruido,
a amar sin medida.
Amén.