Millones

20 de Marzo de 2026

Por Antonio María González Gorostiza

Sí, eran millones. Esos pequeños puntos brillantes que pululaban en el cielo del hombre de negocios de El Principito. Los contaba, recontaba, verificaba y administraba para finalmente anotarlos en el pedazo de papel guardado bajo llave en un cajón. Una gigantesca fortuna. ¿Algo anotado que no sirve para nada? ¿Algo parecido a las cantidades numéricas cargadas de decimales, que corretean compitiendo con los electrones por los cables que unen nuestros ordenadores con las bases de datos de los bancos? Así que, si el BBVA o el Santander o el Pichincha confirman que soy un hombre de valor, puedo salir a la calle erguido, con más confianza que el gato del marqués de Carabás, admirado por los vecinos. Don Antonio, pase, le tenemos reservada su mesa preferida, ¿querrá una copa de champagne mientras decide lo que le apetece? Tenemos una merluza de anzuelo recién traída de Burela y las ostras de Arcade están en temporada. ¿Comerá solo? Ah, bueno, entonces preparo la mesa con cuatro servicios. Veo que ya llegan sus amigos. Por aquí señores, ¿me permiten sus abrigos? Y después de la magnífica velada, tras dos horas de conversación agradable, calurosa despedida, apretones de manos con nos veremos pronto, Pichincha cuenta, recuenta, verifica, administra y anota la misma cantidad de la mañana decrementada en un par de puntitos de esos que brillan casi nada allá lejos, en el cielo de El Principito.

Vuelvan pronto. Eh, tú, apártate de la puerta, no molestes a los señores, te tengo dicho que no te acerques por aquí. Hoy voy a tener que llamar otra vez a la policía. Es el mismo de siempre, llévenselo. No, no ha hecho nada especial, pero se acerca demasiado, casi toca a los clientes. Esta ciudad cada vez está más degradada. ¿Para qué sirven los impuestos que pagamos puntualmente? ¿Para alimentar a esta chusma que no tiene ni donde caerse muerta? ¿Para que nos abran un comedor social en la esquina que atrae a los mendigos como moscas? La calle se ha convertido en un basurero. Los olores son insoportables. La droga circula de mano en mano, de vena en vena. Lo que tienen que hacer es llevárselos lejos, no hace falta que los encierren, pero al menos que no los vea. Si esto sigue así el negocio se va a ver afectado. El Pichincha va a decir que yo no tengo suficientes puntitos de esos que apenas brillan allá a lo lejos, en el cielo de El Principito. Y entonces, ¿qué?, ¿cómo van a seguir sustentando a sus familias los 25 empleados? Cuando vayan al supermercado, en el momento de acercar la tarjeta al datáfono, Pichincha va a decir: no aceptada. Probarán una, dos y tres, al escondite inglés. Y Pichincha, un no, dos noes, tres noes, te lo digo del derecho y del revés. ¡Pero si solo se trata de puntitos que brillan en el cielo!

No, no se trata de un juego. Es una cosa muy seria. De esas cosas serias de las que tratan los hombres de negocios, de las que tratan los presidentes de las naciones, de las que cuentan, recuentan, verifican y anotan, para decidir quién se sienta en la mesa reservada y quién se muere de hambre, tirado en la calle helada durante la noche. Total, son puntitos amarillos en el cielo de El Principito los que deciden entre la vida y la muerte.

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