«La Iglesia está llamada a callejear la fe»

Pilar Algarate 28 de Marzo de 2026

En un tiempo marcado por la incertidumbre, la polarización y el sufrimiento, la Cuaresma se presenta como una oportunidad para volver a lo esencial. Para Luis Miguel Rojo, delegado de Cáritas Española, este tiempo es una invitación a una conversión que acerque la fe a las heridas del mundo. No se trata de refugiarse en una espiritualidad intimista, sino de dejar que el Evangelio transforme la mirada y el compromiso.

La Cuaresma, entendida así, no es un paréntesis espiritual, sino un camino. Un proceso que implica salir, atravesar, discernir, subir y, finalmente, ser enviados. Este camino cuaresmal puede entenderse a través de cinco movimientos que marcan un itinerario de fe compartido.

El primero es la salida, inspirada en Abraham. La fe comienza cuando se abandonan seguridades y se acepta el riesgo del camino. Convertirnos implica dejar atrás inercias y comodidades para ponerse en marcha hacia una promesa que siempre es mayor que nuestras certezas. La fe no se vive al margen de la historia, sino que se verifica en la realidad concreta y en la responsabilidad compartida.

El segundo camino es atravesar, evocando la experiencia del pueblo de Israel en el desierto. La conversión requiere tiempo: es proceso, aprendizaje y fidelidad. En el desierto se desenmascaran miedos, se aprende a confiar y se descubre que nadie camina en solitario. La comunidad se convierte en espacio de alianza y de cuidado mutuo.

El tercer itinerario es discernir, a la luz de la figura de María, que guarda los acontecimientos en su corazón antes de actuar. La conversión necesita silencio, memoria y lectura creyente de la realidad. Solo un corazón formado puede reconocer cuándo es el momento de responder con libertad y confianza.

El cuarto camino es subir, siguiendo el itinerario de Jesús hacia Jerusalén. No por la vía más rápida, sino deteniéndose en los márgenes, allí donde las personas sufren exclusión y soledad. La autenticidad de la fe se mide por la cercanía a quienes más lo necesitan.

Finalmente, el quinto camino es ser enviados. La conversión desemboca siempre en la misión. Volver a lo cotidiano con una mirada renovada significa reenfocar prioridades y vivir una fe encarnada que no olvida a las personas empobrecidas. La Iglesia está llamada a «callejear la fe», a hacerla presente allí donde se juega la dignidad humana y la esperanza.

La Cuaresma, así comprendida, es un tiempo para reorientar el corazón hacia lo esencial y renovar el compromiso con una caridad encarnada que transforma la historia.

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