La Ascensión del Señor: alzar la mirada, sostener la esperanza

Pilar Algarate Pilar 17 de Mayo de 2026

Lecturas del día: Hechos de los apóstoles (1,1-11); Sal 46; Carta de san Pablo a los Efesios (1,17-23); Mateo 28, 16-20

La Ascensión del Señor no es una despedida, sino un envío. Así lo escuchamos en el Evangelio: «Id y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19). No es solo un mandato, es la identidad misma de la Iglesia: una comunidad enviada, llamada a vivir en salida.

El libro de los Hechos nos muestra a una comunidad que mira al cielo mientras Jesús asciende… y recibe una llamada clara: «¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?» (Hch 1,11). Es una pregunta que también hoy resuena en nosotras y nosotros. No podemos quedarnos detenidos. La fe no es evasión, es compromiso con la historia.

La Ascensión inaugura el tiempo de la esperanza. Una esperanza activa, que se construye en lo concreto: trabajando por la justicia, cuidando la vida, creciendo en fraternidad, sosteniendo a quienes más lo necesitan. Como recuerda la carta a los Efesios, Cristo no se aleja, sino que sigue presente, actuando en medio del mundo y en su Iglesia (cf. Ef 1,22-23).

En unas semanas acogeremos la visita del papa León XIV bajo el lema «Alzad la mirada», esta fiesta adquiere una luz especial. Alzar la mirada no significa desentendernos de la realidad, sino mirarla con más profundidad, reconociendo la presencia de Dios en medio de ella. La visita del Santo Padre, especialmente a espacios como CEDIA, nos recuerda que la misión se concreta en el acompañamiento cercano, en la dignidad de cada persona y en la esperanza que se construye cada día.

Jesús asciende, pero no se desentiende de la historia. Confía su misión a una comunidad frágil, como la nuestra, y la envía a anunciar el Evangelio en medio de los desafíos actuales. Nos promete, además, algo decisivo: «Yo estoy con vosotros todos los días» (Mt 28,20). Esa es nuestra fuerza.

Celebrar la Ascensión es, por tanto, renovar nuestra vocación: vivir con los pies en la tierra y el corazón abierto al cielo, siendo testigos de una esperanza que no defrauda.

Conclusión del santo evangelio según san Juan

Juan 21, 20-25

En aquel tiempo, Jesús dijo a Pedro: "Sígueme". Pedro, volviendo la cara, vio que iba detrás de ellos el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre su pecho y le había preguntado: 'Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?' Al verlo, Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ¿qué va a pasar con éste?" Jesús le respondió: "Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme".

Por eso comenzó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no habría de morir. Pero Jesús no dijo que no moriría, sino: 'Si yo quiero que permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?'

Éste es el discípulo que atestigua estas cosas y las ha puesto por escrito, y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús y creo que, si se relataran una por una, no cabrían en todo el mundo los libros que se escribieran.

Para la reflexión

¿Qué significa hoy para mí “no quedarme mirando al cielo”?

¿Dónde percibo la presencia de Dios en medio de la vida cotidiana?

¿Qué pasos concretos puedo dar para ser testigo de esperanza en mi entorno?

¿A qué personas o realidades siento que soy enviada o enviado?

Oración

Señor Jesús,
que asciendes al Padre
y permaneces en medio de nosotros,

enséñanos a no quedarnos inmóviles,
a no vivir una fe que se evade,
sino una esperanza que se compromete.

Danos tu Espíritu
para reconocer tu presencia en la vida,
para cuidar a quienes más lo necesitan
y para anunciar, con obras y palabras,
que Tú sigues caminando con nosotros.

Amén.


 

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