"Ha merecido la pena": el cardenal Cobo preside la Vigilia Pascual en la Almudena

Pilar Algarate Pilar 4 de Abril de 2026

La catedral de Santa María la Real de la Almudena abrió sus puertas en la noche del Sábado Santo para acoger la Vigilia Pascual, presidida por el cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid. Quienes llegaron encontraron el templo en penumbra. Poco a poco, la luz fue pasando de mano en mano hasta iluminar la nave entera. Una imagen que el cardenal no dejó pasar: así actúa siempre la fe, no con estrépito, sino con una fuerza humilde y constante que disipa las tinieblas en silencio.

La celebración incluyó la incorporación a la Iglesia de nuevas personas bautizadas, procedentes de las comunidades Santa Catalina Labouré, La Merced y Santa Cruz, a quienes el cardenal dirigió un saludo especial al inicio: "Os damos un abrazo muy fuerte a quienes esta noche os bautizáis y os incorporáis de lleno a la vida de nuestra Iglesia".

La homilía arrancó desde una certeza sencilla: nadie estaba allí por casualidad. Ni quienes iban a ser bautizadas y bautizados, ni quienes llegaban de tantos rincones distintos de Madrid. "En el fondo, todos somos buscadores, desde los más pequeños hasta los mayores", dijo el cardenal. Algo —una inquietud, un fuego interior, una llamada difícil de nombrar— había llevado a cada persona hasta aquella catedral en medio de la noche.

Desde ahí trazó una imagen de Dios que no irrumpe por la fuerza, sino que se cuela por las rendijas: aprovecha las grietas de nuestras rutinas, de nuestros blindajes, de nuestras resistencias. "Como la primavera que brota en el árbol seco, así Dios verdea en nosotros". Una imagen que habla de paciencia, de ternura, de una presencia que no violenta sino que despierta.

El cardenal propuso reconocerse en aquellas mujeres que, en la madrugada de Pascua, se dirigían al sepulcro con perfumes y vendas: gestos pequeños, aparentemente insuficientes ante el misterio de la muerte. Y sin embargo, movidas por el amor. "También nosotros llegamos esta noche con nuestras pobrezas, con nuestras contradicciones, incluso con la sensación de buscar a Jesús a veces en lugares equivocados". Pero el amor —por pequeño que sea— es la grieta que Dios aprovecha. Ningún gesto de cuidado se pierde. Ninguna entrega es inútil.

El corazón de la homilía llegó en un momento de una ternura inesperada. El cardenal imaginó a Dios Padre contemplando a toda la asamblea reunida —con sus historias, sus viernes santos y sus sábados santos— y diciéndole al Hijo: "Aquí están los que han venido. Estos son tus frutos. Míralos, que ya los conoces". Y Jesús, mirando a cada persona, respondiendo al Padre: "Sí, ha merecido la pena, porque están juntos en medio de la oscuridad".

Una escena que no pretende ser teología especulativa, sino algo más cercano y más hondo: el recordatorio de que cada persona que estaba allí importa, que su presencia es un fruto, que su vida tiene valor porque ha sido abrazada por Cristo.

Desde esa certeza, el cardenal desplegó la palabra que vertebró el resto de la homilía: consagradas y consagrados. No como privilegio de unas pocas personas, sino como condición de todas: "Ser consagrado es ser un regalo de Dios". El Espíritu que habita en cada persona le susurra que es sagrada, que su vida tiene sentido, que ninguna gota de amor que ponga en el mundo se perderá.

Una afirmación que resuena con especial fuerza cuando se piensa en quienes más necesitan escucharla: las personas que cargan con heridas, con exclusión, con invisibilidad. Cristo, recordó el cardenal, no solo resucita en la comunidad reunida. También "se queda en cada herida, en cada llaga, sosteniendo, redimiendo y permaneciendo" junto a quienes han pasado por la cruz.

La homilía concluyó con una llamada a la misión. El ángel dijo a las mujeres que Jesús no estaba en el sepulcro. El mundo necesita hoy personas que anuncien lo mismo: que la vida puede más que la muerte, que el amor es más fuerte que la violencia, que Cristo vive en todo el que ama. "Tú, cada uno de vosotros, habéis sido convocados esta noche para ser un nuevo ángel. Para decir con tu vida: no está aquí. Cristo vive".

El cardenal llamó a esa tarea con una palabra que eligió con cuidado: locura. Locura salir de noche. Locura creer en lo invisible. Locura estar de pie durante horas cuando no hay sitio. "Pero es locura de amor. Es la locura de la fe".

La Vigilia Pascual es el punto de llegada del Triduo Pascual que comenzó el Jueves Santo en esta misma catedral, con la Misa de la Cena del Señor y el lavatorio de los pies a personas acompañadas por Cáritas Diocesana de Madrid.

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