«En la calle tuve momentos en los que era feliz». El buscador de sueños dentro de su propia historia
20 de Marzo de 2026Por María Ángeles Altozano
El hombre que se sienta frente a mí —sonriente, en actitud tranquila, aunque expectante—, que viene a hablarnos de su libro, no es un escritor profesional. Y, sin embargo, cuenta historias de verdad. Tampoco se parece —según dice él mismo— a aquel hombre que unos meses atrás apareció en este centro de Cáritas diocesana de Madrid, borde, antisocial e, incluso, intransigente.
Cuando ya se acomoda en el sillón y se comienza a relajar, confiesa que después de un año es «una persona diferente, aunque sé que me queda mucho por aprender, sobre todo en el aspecto social, pero ahora ya no me cuesta tanto abrirme e, incluso, hablar de cosas banales, como el tiempo», ríe.
No hablaremos del tiempo meteorológico. Vamos a hablar de aquel tiempo en que él, V. C. —estas son sus iniciales—, era una persona huraña que estuvo dos años viviendo en la calle hasta que, tras ese clic «que me hizo darme cuenta de que o salía de la calle, o la calle me iba a matar», llegó al Centro de Tratamiento de Adicciones (CTA). De eso habla precisamente la novela que acaba de escribir, una novela «que me hace ilusión y que espero que todo el mundo lea, porque les guste, ¡claro!, pero porque creo que puede ayudar a otras personas». Escribir esta novela, donde relata exhaustivamente cómo fue su estancia en la calle, ha sido para él un proceso terapéutico. Y es esclarecedora, «quiero que vean que cualquier persona, con una vida normalizada —como él, un ingeniero informático, con familia y trabajo— puede perderlo todo y acabar en la calle». Ahí ebulle la vida: la de quienes van a trabajar, a recoger a alguien, a hacer la compra, a compartir en buena compañía o a descansar a casa; o la de la soledad de los amaneceres, la de las personas sin nombre, pero que viven en ella, aferradas a algo que les ayude a olvidar o luchando para que no las olviden. Esta última, era su calle.
«La calle te atrapa. En la calle tuve momentos en los que era feliz». Una frase que impacta y queda flotando en el aire. Para él, un hombre de familia acomodada, estructurado y metódico, «la vida en la calle era como una aventura, algo diferente, donde no tenía que rendir cuentas a nadie, un espacio de libertad donde no importas a nadie, pero tampoco te exigen, por eso me atrapó —y recalca—, la calle te atrapa».
Sin embargo, los primeros meses, y los previos, fueron muy duros. «Perdí en diez meses a mi pareja, mi trabajo, el apartamento al que me fui a vivir después de separarme, y a mi familia, lo perdí todo; y es cuando lo pierdes todo y no ves salida, cuando te dejas ir». Tuvo incluso intentos autolíticos y su problema con la bebida dejó de ser un problema para convertirse en su forma de vida habitual.
Después de este primer tiempo, nos dice, «empecé a aprender». Así conoció a otras personas en su misma situación, algunas con problemas graves de salud mental o adicciones, como él, pero, al fin al cabo, eran, en ese micromundo al que había ido a parar, ‘sus iguales’. De algunos de ellos aprendió que, buscando en los contenedores, podía encontrar cosas valiosas —que las hay, desde pulseras de oro o bolsos de firma, hasta electrónica antigua o jarrones de plata—, y venderlas en tiendas de segunda mano o en el rastro. Aprendió cómo acercarse a las personas para pedirles alguna moneda, algo que por su timidez y educación le costó. Aprendió que, a veces, para sobrevivir, tienes que fingir lo que no eres. Aprendió también cosas prácticas, como a qué hora dan de desayunar en la parroquia, dónde ir a asearse o a qué comedor, o en qué parroquias los feligreses son más generosos.
En la calle, donde pierdes dignidad y seguridad, ganas en espacio. Lejos de las expectativas. Lejos de los ‘debes’. Alejados de la sociedad, pero no de su desprecio. «Te ven con displicencia, piensan que estás aquí porque quieres y no haces nada, y en parte tienen razón. Lo que no ven, y no les juzgo —aclara—, es que detrás hay historias que pueden estar marcadas por una mala decisión o por las adicciones, y que salir de ahí es muy difícil. Solo ven, no miran. Yo era uno de ellos, también veía y juzgaba. Ahora veo a las personas mirando la historia que hay en ellas». Ha adquirido, sin duda, mirada de escritor para indagar en la trastienda de nuestros actos.
En ese ‘submundo’ que describe en la novela, habitado por ‘personajes’—dice con sentido del humor—, también aparecen, como en una de sus obras preferidas, El Señor de los anillos, personas de verdad. «Hay gente que tiene bondad pura, que ofrece sin nada a cambio, algo que me ha impactado». Apareció incluso «un ángel, una señora de la iglesia que me invitó a tomar un café para charlar conmigo y conocerme y vio en mí posibilidades; logró hasta que sus amigas me ayudaran y me buscó un albergue». Como ella, otras personas, como la vecina del parque o dos monjas que lo visitaban.
Él tenía una rutina establecida porque, aunque te desdibujas, tu esencia sigue siendo la misma. «Soy muy estructurado, me levantaba a la misma hora, guardaba mis cosas en un jardín, me aseaba en una clínica privada, iba a desayunar a la parroquia, luego a la iglesia a pedir, después buscaba en los contenedores, me iba a comer, volvía a buscar y por la tarde a otra iglesia a pedir. Y, mientras, bebía. Se me daba bien buscarme la vida». En su libro lo define con ironía, «estaba en la cresta de la ola».
En todo ese tiempo en la calle alcanzó a tener contactos buenos y no tan buenos, por un mes encontró trabajo y salió de ella, pero no de su adicción; e incluso estuvo en el albergue. Y de nuevo, a la calle, «pero ya no era lo mismo». Llegó ese clic o revelación, por suerte para él. En su novela hay una escena que recoge el desgaste y la tensión mantenida a lo largo de su vida. El clic narrativo: cuando todos se habían marchado y empezaba a oscurecer, sentado en los escalones de la parroquia, solo, «empecé a llorar, lloraba como un niño —confiesa—, como hacía años que no lo había hecho».
Duros acontecimientos precipitaron aquel momento. En un periodo corto de tiempo sufrió dos robos, donde más que lo material sintió que le arrancaban dignidad. Cuenta con cierto dolor, y sorna: «¿Qué clase de desgraciado le roba las zapatillas a un indigente en Nochebuena?». Y al poco tiempo sufrió una agresión, con golpes y quemaduras, que lo llevó al hospital. Porque, aunque no lo parezca, hay quienes viven en sociedad, pero están más alejados de ella que las personas sin hogar.
«A veces, hay que tocar fondo para darte cuenta de lo que estás haciendo mal, y de lo que tienes que hacer para salir. Hay que tener voluntad, y después ponerte en manos de la gente que te puede ayudar». Con ese convencimiento llegó al CTA. No ha sido fácil. Se ha reencontrado y ha encontrado a personas «a las que me da pena dejar». Pero se ha liberado de su adicción y tiene un nuevo trabajo. «Lo más duro es el trabajo psicológico, conocerte a ti mismo y saber qué problemas tienes y quiénes son las personas adecuadas que pueden ayudarte. Y aquí estamos», dice, suspirando, hablando de su libro, El buscador, obra entre dramática y divertida, con un tono muy sarcástico y, a veces, duro.
Por qué ese nombre para tu novela, le pregunto. «Porque está relacionado con cómo me buscaba la vida en la calle». Buscando personas, buscando oportunidades, buscando objetos. De ellos guarda un Zippo y una medalla que no quiere perder para no olvidar dónde y por qué los encontró. Y «porque en todo este tiempo he estado buscándome a mí».
¿Te has encontrado? «En algunas cosas sí —contesta con humildad—, en otras me falta mucho por encontrar. Pero he aprendido de todo lo que soy capaz, de la fortaleza que tengo, y a seguir. No diría que soy feliz, pero sí que estoy en condiciones de encontrar la felicidad, estoy en un buen momento», sonríe. Nos despedimos de este buscador de sueños dentro de la realidad de su propia novela.