Domingo de Ramos | Caminar con Él

Pilar Algarate Pilar 29 de Marzo de 2026

Lecturas: Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Mt 26, 14–27,66

El Domingo de Ramos nos introduce en el corazón de la Semana Santa, un tiempo en el que contemplamos el camino de Jesús desde la acogida entusiasta hasta la entrega total en la cruz.

La liturgia de hoy nos sitúa ante un contraste profundo. Por un lado, la entrada en Jerusalén, marcada por la aclamación: “Bendito el que viene en nombre del Señor”. Por otro, el relato de la Pasión, donde aparecen el abandono, la traición y la violencia. En ese recorrido se manifiesta la complejidad del corazón humano, capaz de acoger y rechazar, de amar y de apartarse.

La primera lectura (Is 50, 4-7) nos presenta la figura del Siervo que escucha, que sostiene a quien está cansado y que no se echa atrás ante la dificultad. Es una imagen que anticipa la actitud de Jesús: una persona que permanece fiel, incluso en medio del sufrimiento, sin responder con violencia, confiando plenamente en Dios.

El himno de la carta a los Filipenses (Flp 2, 6-11) profundiza en este misterio: Jesús, siendo de condición divina, se despoja, se hace servidor y se abaja hasta la muerte, y una muerte de cruz. No se aferra a su condición, sino que elige el camino de la entrega. Este movimiento de descenso es, paradójicamente, el camino que conduce a la vida y a la plenitud.

El Evangelio de la Pasión (Mt 26, 14–27,66) nos muestra con crudeza las consecuencias de ese amor llevado hasta el extremo. En él aparecen tantas realidades humanas que siguen siendo actuales: la traición, el miedo, la injusticia, la violencia, el sufrimiento de personas inocentes. Pero, en medio de todo ello, Jesús permanece fiel, sosteniendo su vida desde el amor y la confianza en el Padre.

Este día nos interpela de manera especial. Nos invita a revisar nuestro modo de seguir a Jesús: si lo hacemos solo en los momentos de entusiasmo o si estamos dispuestas y dispuestos a caminar también en la dificultad, en la entrega y en el compromiso cotidiano.

A la luz de estas lecturas, también podemos mirar la realidad de nuestro entorno. Hoy seguimos encontrando muchas personas que cargan con cruces: situaciones de pobreza, exclusión, soledad no deseada, violencia o falta de oportunidades. El camino de Jesús nos invita no solo a contemplar, sino a acercarnos, a acompañar y a comprometernos con la dignidad de cada persona.

El Domingo de Ramos no es solo el inicio de la Semana Santa; es una llamada a entrar en la lógica del Evangelio: una lógica de amor que se entrega, que no se impone y que permanece incluso en medio de la oscuridad.

Que este tiempo nos ayude a caminar con Jesús en toda su Pascua, con un corazón disponible, fiel y abierto a la transformación, sabiendo que la última palabra no es la cruz, sino la vida.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo

Mateo 27, 11-54

Jesús compareció ante el procurador, Poncio Pilato, quien le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Jesús respondió: “Tú lo has dicho”. Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Entonces le dijo Pilato: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti?” Pero él nada respondió, hasta el punto de que el procurador se quedó muy extrañado. Con ocasión de la fiesta de la Pascua, el procurador solía conceder a la multitud la libertad del preso que quisieran. Tenían entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Dijo, pues, Pilato a los ahí reunidos: “¿A quién quieren que les deje en libertad: a Barrabás o a Jesús, que se dice el Mesías?” Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia.

Estando él sentado en el tribunal, su mujer mandó decirle: “No te metas con ese hombre justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa”.

Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la muchedumbre de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Así, cuando el procurador les preguntó: “¿A cuál de los dos quieren que les suelte?” Ellos respondieron: “A Barrabás”. Pilato les dijo: “¿Y qué voy a hacer con Jesús, que se dice el Mesías?” Respondieron todos: “Crucifícalo”. Pilato preguntó: “Pero, ¿qué mal ha hecho?” Mas ellos seguían gritando cada vez con más fuerza: “¡Crucifícalo!” Entonces Pilato, viendo que nada conseguía y que crecía el tumulto, pidió agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: “Yo no me hago responsable de la muerte de este hombre justo. Allá ustedes”. Todo el pueblo respondió: “¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!” Entonces Pilato puso en libertad a Barrabás. En cambio a Jesús lo hizo azotar y lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados del procurador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a todo el batallón. Lo desnudaron, le echaron encima un manto de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza; le pusieron una caña en su mano derecha y, arrodillándose ante él, se burlaban diciendo: “¡Viva el rey de los judíos!”, y le escupían. Luego, quitándole la caña, lo golpeaban con ella en la cabeza. Después de que se burlaron de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota, es decir, “Lugar de la Calavera”, le dieron a beber a Jesús vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos, echando suertes, y se quedaron sentados ahí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron por escrito la causa de su condena: ‘Éste es Jesús, el rey de los judíos’. Juntamente con él, crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban por ahí lo insultaban moviendo la cabeza y gritándole: “Tú, que destruyes el templo y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz”. También se burlaban de él los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, diciendo: “Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. Si es el rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios, que Dios lo salve ahora, si es que de verdad lo ama, pues él ha dicho: ‘Soy el Hijo de Dios’ ”. Hasta los ladrones que estaban crucificados a su lado lo injuriaban.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, se oscureció toda aquella tierra. Y alrededor de las tres, Jesús exclamó con fuerte voz: “Elí, Elí, ¿lemá sabactaní?”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Está llamando a Elías”.

Enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y sujetándola a una caña, le ofreció de beber. Pero los otros le dijeron: “Déjalo. Vamos a ver si viene Elías a salvarlo”. Entonces Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró.

Aquí todos se arrodillan y guardan silencio por unos instantes.

Entonces el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo, la tierra tembló y las rocas se partieron. Se abrieron los sepulcros y resucitaron muchos justos que habían muerto, y después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a mucha gente. Por su parte, el oficial y los que estaban con él custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, se llenaron de un gran temor y dijeron: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”.

Preguntas para la reflexión:

  • ¿Desde dónde sigo a Jesús: desde el entusiasmo momentáneo o desde un compromiso sostenido en el tiempo?
  • ¿En qué momentos de mi vida me cuesta permanecer fiel cuando aparecen la dificultad, el cansancio o la incomprensión?
  • ¿Qué actitudes de la Pasión (miedo, indiferencia, juicio, abandono) reconozco hoy en mí o en nuestro entorno?
  • ¿A qué personas que hoy cargan con una cruz estoy llamada o llamado a acercarme y acompañar?
  • ¿Cómo puedo vivir esta Semana Santa de manera más consciente, dejando que transforme mi forma de mirar y de actuar?

Oración:

Señor Jesús,

hoy entramos contigo en Jerusalén,

queriendo acompañarte en tu camino.

Tú que acoges el clamor de tu pueblo

y no te echas atrás ante la entrega,

danos un corazón disponible y fiel,

capaz de permanecer a tu lado en todo momento.

Cuando aparezcan la duda, el miedo o el cansancio,

sostén nuestra fe

y ayúdanos a no apartarnos de tu camino.

Enséñanos a vivir desde la humildad y el servicio,

a no buscar reconocimientos,

y a amar con un amor que se entrega sin medida.

Haznos cercanas y cercanos a quienes hoy cargan con cruces:

personas que sufren pobreza, soledad, injusticia o exclusión.

Que sepamos acompañar, cuidar y sostener,

reconociendo en cada persona su dignidad.

Que esta Semana Santa sea para nosotras y nosotros

un camino de conversión profunda,

y que, caminando contigo hasta la cruz,

nos abramos también a la alegría de la vida nueva.

Amén.

Gesto para la semana:

Coloca una palma o una rama de olivo en tu espacio de oración.

Recuerda: “Bendito el que viene en nombre del Señor” (cf. Evangelio según San Mateo 21,9).

Durante la semana, revisa cómo estás viviendo tu seguimiento de Jesús:

si se queda en lo exterior o se traduce en gestos concretos de entrega, cuidado y compromiso.

La Semana Santa es una invitación a caminar con Él,

también en la cruz,

para abrirnos a la vida nueva.

Celebración presidida por el Sr. Cardenal

11.30 h. Bendición de Ramos en el atrio de la Catedral de la calle Bailén. A continuación, procesión y entrada a la Catedral por la Plaza de la Almudena. 12.00 h. Solemne Misa.

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