«Los domingos» o la mano que mece la cuna

23 de Marzo de 2026

CRÍTICA DE LA PELÍCULA «Los domingos»
Por Juan José Gómez-Escalonilla Arellano

No estamos acostumbrados a ver un buen trato cuando se habla del fenómeno religioso. Estamos habituados a oír constantemente en películas la frase «Dios no existe» como grito en una batalla o tomando unas cañas, como si cualquier excusa valiera para proclamar un ateísmo militante, sin contexto, sin sentido, como una etiqueta de Instagram @ahilodejo. Son tantas pelis de tiros, de violencia, de sexo, de insultos…, que nos han enfriado. Luego llega una película de ‘los domingos’ que revive la ternura y la delicadeza, que nos vuelve un poco más humanos.

Decía Luis Eduardo Aute: Antes iban de profetas y ahora el éxito es su meta mercaderes, traficantes más que náusea dan tristeza no rozaron ni un instante la belleza, la belleza.

En un combate sin parangón se muestra la belleza de la vocación y la fuerza de la oposición radical a esta, con los argumentos de la razón, la normalidad, la ciencia y el mundo occidental, si es necesario. Mientras esa vocación aparentemente pequeña y frágil se mece suavemente en medio de las tempestades, sabiendo de quién se fía, alguien no apaga el pábilo vacilante ni arranca la caña cascada.

Y en medio de toda esa historia, Ruiz de Azúa, da la vuelta a la película y vuelve a mí en forma de espejo, me veo, soy yo, como la tía, dando una y mil razones para que mi propia hija no elija ese camino desorientado. Toda la sala del cine estaba con la tía, lo normal, pero ¿quién iba con la niña, esa adolescente meliflua? ¿Quién era la suave brisa que mecía a la muchacha en medio de la tempestad?

Por otro lado, lo que nos deja perplejos es toda la variedad de reacciones que se acumulan a borbotones alrededor de Ainara, sin juzgar, allí no hay buenos, ni malos, solo opiniones, rabia y frustración. Al final es el rescoldo y la ceniza apagándose después de la batalla.

La película te deja vacío, exhausto, con más preguntas que respuestas. Es difícil hacer una película que no suene a reproche, a división, a conformismo ni a centrismo cuando habla de encontrar alivio al dolor en la fe; de luchar por tus ideales, aunque eso suponga ponerte en contra a todo el mundo; de utilizar el sexo como motor de todo lo bueno y todo lo malo; de la culpa cristiana como elemento redentor; de la soledad y la muerte como llamadas a coger los hábitos; de la guerra interna de Ainara al enterarse de la traición de su tía; de la tristeza de su padre al aceptar el destino; del monólogo final de Maite en off; de la complejísima relación, prácticamente impenetrable, en el núcleo de una familia que empieza en ruinas, y no es capaz de edificar nada a partir de allí. Ni siquiera el más básico de los entendimientos.

Tienes mucho que hablar después de ver la película, tienes que hablar con tu pareja, con tus hijos, con tu hermana, con tu padre y tu madre porque allí donde hubo fuego aún quedan rescoldos.

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