Con ojos de mujer

7 de Marzo de 2026

Por Santos Urías

Mi madre perdió la cabeza. Se quedaba fijamente mirando a los niños: niños blancos, negros, mestizos, amarillos, de aquí y de allá; les sonreía, interactuaba con ellos, sacaba su niña interior o su mirada de abuela. Articulaba lenguajes para lograr la complicidad. 

También le llamaba la atención la altura de las personas: ¡qué altos son! decía sin pudor cuando se cruzaba con la gente. Chicos y chicas jóvenes, caucásicos, latinos, marroquíes, tatuados, tribales, callejeros, daba igual, ella los veía altos. Ellos se reían, la saludaban cordialmente, se sentían reconocidos.

Mi madre fue perdiendo la palabra. Sus conversaciones muchas veces eran rotas e inconexas. Pero, por el contrario, descubríamos nuevos lenguajes de comunicación: el abrazo, el roce de las manos, el te quiero, el silencio, la oración, la danza. 

Mi madre perdió la cabeza y miraba sin prejuicios y sin convenciones: sin importar el origen, la edad, el estatus social, la apariencia: solo personas, seres humanos... Todo era una ocasión para la ternura.

Quizás nuestro mundo tiene que aprender a mirar con ojos de mujer, quizás nuestro mundo tiene que aprender a perder un poquito la cabeza.

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