“Cáritas Madrid puede constatar y mostrar cómo hay personas que reflejan la belleza de Dios”
14 de Marzo de 2026Por Vicente Martínez Gutiérrez, párroco de Nuestra Señora de la Merced (Cáritas Vicaría III)
«Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo a través del desierto cuaresmal, para que, llegados a la montaña santa con el corazón contrito y humillado, reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza convocado para bendecir tu nombre, escuchar tu Palabra y experimentar con gozo tus maravillas» (Prefacio 5 de Cuaresma).
En el texto que acabamos de citar, la Iglesia define su vocación de pueblo de la alianza con tres misiones: bendecir el nombre del Señor, escuchar su Palabra y experimentar con gozo sus maravillas. La primera dimensión la realiza la Iglesia a través del culto, donde el pueblo cristiano se vuelve al Padre y se incorpora, por la acción del Espíritu Santo, a la alabanza eterna del Hijo. La liturgia y la oración llevan a cabo ese primer objetivo para el que somos convocados.
La segunda dimensión —escuchar la Palabra divina— la realiza la Iglesia a través de la asimilación de la Palabra de Dios, de la predicación, de la catequesis y de todos aquellos medios que permiten que en el mundo resuene la Palabra divina. Cristo debe ser escuchado, pues su Palabra es fuente de vida y los hombres necesitan «el consuelo de las Escrituras» (Rm 15,4), para que todas sus ovejas —incluso las que aún no están en su rebaño— puedan escuchar y reconocer la voz de su Pastor (Jn 10,4.16).
La tercera dimensión consiste en experimentar con gozo sus maravillas. La vocación del pueblo cristiano, además de alabar, escuchar y proclamar, incluye también un experimentar las maravillas de Dios. No se trata solo de contemplar la grandeza de la creación, sino de experimentar la belleza del corazón humano cuando se abre a la acción de Dios. El fruto individual que produce la acción de Dios es la santidad, y el fruto colectivo es hacer ya presente aquí, en nuestro mundo, el Reino de Dios, un Reino de paz y de justicia. Esas son las maravillas que estamos llamados a experimentar, fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros.
Cáritas Madrid se sitúa en esa tercera finalidad: experimentar —y hacer experimentar— con gozo las maravillas de Dios. Por tanto, más allá de una visión meramente asistencial o de una preocupación por cambiar las estructuras sociales, Cáritas está para cantar las maravillas que Dios produce en un mundo de pecado como el nuestro. No puede cambiarlo todo, no puede transformar el mundo —eso ya lo ha hecho Cristo en la cruz—, pero puede poner signos de que, a pesar de las apariencias, Dios está realizando sus maravillas.
Cáritas puede constatar y mostrar cómo, en medio de situaciones muy duras, hay personas que reflejan la belleza de Dios y no pierden la esperanza ni la alegría; puede ser testigo de los sufrimientos de tantos hombres —unidos misteriosamente a la angustia de Cristo en Getsemaní— que no «tiran la toalla», sino que abren sus corazones con mansedumbre a la plegaria y a la esperanza; puede atestiguar la generosidad de tantos voluntarios que, unidos a Cristo, siguen haciendo pequeños milagros cotidianos; y contemplar el trabajo de tantos miembros de la Iglesia que se han tomado en serio la parábola del Buen Samaritano.
Dios obra maravillas a través de nosotros. Maravillas que son un testimonio elocuente para aquellos que saben mirar. Las maravillas de un amor —Cáritas— que trasciende lo que humanamente es esperable. Ese es el anhelo de Jesús: «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16).
Desde esta perspectiva, empequeñecemos la misión de Cáritas si la reducimos a una entidad que lucha contra la miseria, porque es, ante todo, un potente faro que anuncia una tierra nueva. Más que lo que consigue es lo que representa: las maravillas de Dios realizándose humildemente en lo cotidiano, sembrando esperanza, distribuyendo luz en medio de una noche densa, como «una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el día y el lucero amanezca en vuestros corazones» (2P 1,19).
Cáritas necesita personas preparadas, conocedoras de recursos y protocolos, necesita proyectos y evaluaciones. Pero todo ello es, en sí mismo, muy insuficiente para llevar a cabo su misión. Lo que realmente precisa son cristianos maduros —santos— que sean capaces de experimentar las maravillas de Dios y de multiplicarlas para los demás. Personas de fe, que comprendan que ellos han sido llamados, además de a mejorar las condiciones de vida de las personas que recurren a ellos, sobre todo a mostrar el rostro maternal de la Iglesia para quienes sufren cotidianamente la fuerza del pecado ajeno y propio. Cáritas ha de transmitir el mensaje verdaderamente liberador del evangelio: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino» (Lc 12,32).
Porque si los pobres algo necesitan y merecen es recibir la Palabra de Dios que transforma maravillosa y realmente su situación, al convertirlos en los predilectos de Jesús.
Por tanto, si la actividad de Cáritas Madrid se reduce a mejorar la condición de vida de los hombres, dejará incompleta su misión, porque ella está aquí para llevar a Cristo a los desfavorecidos, haciendo oír a los pobres y abatidos la gran palabra de aliento: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28).