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“Vosotros, desde Cáritas, ayudáis a la Iglesia a que percibamos todos que tenemos que hacer un cambio de corazones..." nos dijo nuestro obispo

Homilía del arzobispo de Madrid, monseñor Carlos Osoro, en la Misa con los voluntarios de Cáritas diocesana (21-04-2016).


Cáritas Madrid. 6 de mayo de 2016.- Si no pudiste acudir a la Eucaristía presidida por nuestro arzobispo, monseñor Carlos Osoro con motivo de la Campaña de Caridad que celebramos hace unos días, te acercamos su homilía:


Eminencia reverendísima, cardenal arzobispo de Morelia; excelencia don Javier Navarro, obispo de Zamora y vicepresidente de la Conferencia Episcopal de México; querido vicario general, vicario de Acción Caritativa y Social, queridos vicarios territoriales y de los diversos sectores, ya que en este día también se hace presente todo el equipo de gobierno de la diócesis. Queridos hermanos sacerdotes, queridos diáconos, seminaristas. Querido don Pablo, delegado episcopal de Cáritas:muchas gracias por tu trabajo, por tu presencia y por lo que nos acabas de decir en tu introducción, alentándonos a vivir el ejercicio del amor y de la caridad.


Querido don Julio, director de Cáritas diocesana, y queridos miembros del equipo de Cáritas. Hermanos y hermanas todos-religiosos, religiosas y laicos- que trabajáis en esta acción, la más importante de la Iglesia, porque es la expresión viva de lo que aquí estamos celebrando: la Eucaristía.


Ha sido una maravilla hoy poder escuchar, en este día en elque nos reunimos toda la familia de Cáritas, aquello que Jesús le dice a Judas: el que me había dado un trozo de pan me había traicionado. Nosotros queremos reunirnos precisamente entorno a la Eucaristía y celebrar este momento también singular y especial porque no queremos traicionar a nuestro Señor. De lo que Él nos da, que es su amor, su entrega, su gracia y su fidelidad, es de lo que también deseamos nosotros entregar y hacer partícipes a todos los hombres.


El papa Francisco ha dicho a la Cáritas italiana que sean estímulo y alma de la comunidad cristiana. Son palabras que yo acojo en lo más profundo de mi corazón y que os quiero decir también a todos vosotros: sed estímulo, sed alma de la comunidad cristiana. Si la comunidad cristiana no sigue regalando lo más grande que nos ha dado el Señor, que es su cuerpo, lo que estamos celebrando aquí; si no damos de lo que recibimos, que es el amor mismo de Dios, no estamos haciendo el deseo grande del Señor, con todos los hombres, pero de manera muy especialcon aquellos que más lo necesitan. Gracias a todos vosotros, que hacéis visible y perceptible entre los hombres el amor del Señor.


En el congreso de la Caritas italiana participaban 700 personas. Celebraban los 45 añosdesde que el beato Pablo VI había aprobado la Caritas italiana. La opción preferencial por los pobres, en los cuales Jesús mismo nos pide que ayudemos y estemos cercanos, es lo que nos trae aquí, esta noche, a todos nosotros.


Mirad, hemos hecho un cántico al repetir con el salmista:«cantaré eternamente tus misericordias, Señor». Este es el canto que tiene que hacer toda la Iglesia. Y Cáritas nos tiene que ayudar a hacer estecanto que todos tenemos que realizar. Hacer este cántico supone hacer verdad lo que nos decía la primera estrofa: cantaré eternamente tu amor, el amor de Dios. Un amor que se manifiesta en concreto, no solamente con palabras, sino con obras.Anunciaré tu fidelidad, que no solamente se manifiesta –digo- con palabras sino con obras concretas, con personas concretas que necesitan percibir y tener experiencia del cariño y de la fidelidad de Dios.


Lo mismo que el Señor encontró a David y le ungió para que siempre fuese valiente, así el Señor hoy se acerca a nosotros también para que seamos valientes y para que entreguemos este amor de Dios mismo, y lo cantemos. Un canto que tiene un pentagrama, y no solamente letra, sino vida y música. El amor mismo de Dios regalado y entregado a los hombres, y especialmente a los que más lo necesitan.


El servicio caritativo se tiene que transformar en un compromiso de cada discípulo de Cristo, de cada miembro de la Iglesia. El buscar también las causas de la pobreza para tratar de remover esas causas, para que desaparezcan esas causas, es la gran tarea también que tenemos que hacer.


Cuántas veces, en este tiempo que llevo con vosotros, os he repetido que tenemos que hacer trasplante de ojos y trasplante de corazón. Trasplante de ojos para mirar a los hombres, a todos, como hermanos nuestros. Y para mirarles en las necesidades más radicales que tienen, que en definitiva es la necesidad de amarles, en concreto cuando sienten y perciben necesidades elementales, fundamentales, a las que tienen derecho porque Dios les ha creado a imagen suya. Y la imagen de Dios no se puede estropear nunca. Todos nosotros tenemos que hacer posible acercar a esas imágenes, que les falta quizás lo más elemental para vivir la dignidad que como personas tienen. Tenemos que hacer todo lo posible por hacer este compromiso.


Queridos hermanos:mi fidelidad, nos decía el salmista, y mi misericordia os han de acompañar siempre. Pero que la mostremos. Por eso, en esta tarde quería recordar tres aspectos que yo creo que son importantes para esta gran familia de Cáritas diocesana.


En primer lugar, como os he dicho antes, necesitamos un cambio de corazón y de obras. Quien cambia el corazón manifiesta con obras concretas ese cambio. Ha sido bellísima la fuerza que tienen aquí esta noche, para toda esta familia de Cáritas, las palabras que el Señor nos ha dicho: Jesús acabó de lavar los pies de sus discípulos. Sí: acabó de lavar los pies de sus discípulos, se acercó a todos los hombres. En aquellos tiempos de Jesús, los caminos eran de polvo, de tierra, no tenían zapatos, los que más podían tener quizás unas sandalias, y los pies se ensuciaban. Jesús, al igual que hacían los esclavos con los señores, se arrodilló ante sus discípulos y les lavó los pies; les mostró su amor, les mostró su cariño, les mostró el reflejo de su amor en lo sucio que tenían.


Queridos hermanos: eso es lo que tenemos que hacer nosotros también en la vida. El Señor nos lo dice: hacer un cambio de corazón y de obras, ponernos al servicio de los demás para regalarles el rostro de Cristo, para expresarles con obras -no solamente con palabras, aunque las obras tengan que estar acompañadas por las palabras- el cariño que Dios les tiene.


Hace poco tiempo os escribía una carta en la que os decía: ¿qué nos pasa para no saber lo que nos pasa?. Así titulaba la carta. Qué nos pasa a los hombres, en esta cultura que estamos haciendo, donde el rostro del ser humano se difumina. Parece como si no supiéramos qué es el ser humano, y estropeamos y dejamos que se estropeen los rostros de los seres humanos.¿Qué nos pasa, para no saber lo que nos pasa?. En la economía, tanta corrupción de todo tipo; en la vida pública, donde buscamos a veces nuestros intereses y no el interés de los demás. Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa…


Queridos hermanos: el amor de Dios es necesario. Nos pasa que tenemos un corazón dividido, un corazón roto, un corazón que mira sus intereses, un corazón que no se hace grande para mirar los intereses de todos pero, especialmente, de los que más lo necesitan. Que no se aprovecha de nada. Una cultura que va en búsqueda de dar sentido, alegría, fidelidad, amor misericordioso a todos los hombres. Un cambio de corazón y de obras.


Gracias, queridos hermanos, porque vosotros desde Cáritas ayudáis a la Iglesia a que percibamos -todos los miembros de la Iglesia de Cristo- que tenemos que hacer un cambio de corazón y de obras, y que hay que arrodillarse como Jesús y lavar los pies como si fuésemos esclavos, haciéndonos esclavos de los demás. Porque los señores son los otros, sean quienes sean, hayan hecho lo que hayan hecho.


En segundo lugar, el Señor nos dice que tenemos que vivir la dicha de haber sido elegidos para vivir con un corazón nuevo. Os aseguro, nos decía el Señor en el Evangelio: el criado no es más que su amo, y el enviado es más que el que lo envía. Qué palabras y qué dicha. Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica, nos decía el Señor. Dichosos vosotros si el amor que recibimos aquí, en la Eucaristía, si a este Cristo vivo que recibimos en el misterio de la Eucaristía, lo ponemos en práctica y se lo entregamos a quien nos encontremos en la vida. La dicha. Tened, queridos hermanos, la dicha de haber sido elegidos para vivir con este corazón nuevo. Sed dichosos.Es la dicha de la que nos hablan las bienaventuranzas, si os habéis dado cuenta: dichosos los pobres. Dichosos. Pero mirad que, en las bienaventuranzas, aquellos hombres que a veces viven llorando, viven en la injusticia, o luchan por la justicia, ¿por qué son dichosos? Porque se han encontrado con la primera de las bienaventuranzas, que no está dicha, está predicha, que es Jesucristo mismo. Para poder ser dichosos hay que encontrarse con la primera bienaventuranza, que es Cristo. Por eso, el Señor esta noche nos dice: la dicha la tenéis vosotros de haber sido elegidos para tener el corazón mismo de Cristo. Dichosos si lo ponéis en práctica.


Y, en tercer lugar, no solamente hay que tener un cambio de corazón y de obras, no solamente hay que descubrir la dicha, la felicidad, la alegría, la bienaventuranza de haber sido elegido para tener el corazón mismo de Cristo, sino también para tomar conciencia de que somos enviados a regalar este amor. En Cáritas tenéis una tarea esencial en la Iglesia, que es hacernos ver que no podemos olvidar que el Señor nos ha enviado a regalar su amor: no lo podemos olvidar. Que el día que lo olvidemos, dejamos de ser la Iglesia de Jesucristo; será otra cosa, una organización. También por eso tenéis que tener mucho cuidado de no convertir la dicha de regalar el amor en una simple organización que, por cosas muy bonitas que haga, muy bellas ante los demás, si pierde el corazón de Cristo, pierde la identidad.Y yo también, como arzobispo, tengo que tener ese cuidado. Empezando por mí mismo.


Habéis escuchado la primera lectura del Libro de los Apóstoles: qué maravilla. Se hicieron a la vela, entraron donde fuere, pero siempre entraban e iban para mostrar la salvación, que es Jesucristo mismo. Para mostrar el amor de Dios. Y Pablo se puso en pie, y hacía señales de que se callaran, y les decía a los israelitas y a todos los que tenían a Dios: escuchadme, escuchadme. «Juan predicó un bautismo de conversión, pero yo predico a Jesucristo, el hijo de Dios que vive, que os regala su vida». Que nos la ha regalado a nosotros, queridos hermanos. Pero nos la regala para que la demos y la entreguemos. Y nos la alimenta, como lo hace esta noche en esta Eucaristía, en este día en que toda la familia de Cáritas diocesana nos reunimos aquí, en la catedral, en la cátedra del obispo, para tomar conciencia de que hay que entrar donde fuere, hay que ir a los más pobres, hay que buscar a los que más necesiten, hay que entregarles el rostro de Cristo, hay que hacer verdad que somos enviados por el Señor, pero no para cualquier cosa: para decir, con nuestras obras, y hacer creíble que Jesús es el Salvador.


Queridos hermanos: muchas gracias por vuestro trabajo, por todo lo que hacéis. Yo lo puedo comprobar en las visitas que hago, no solamente a las parroquias. Y, con frecuencia, me impresiono. Pero también lo veo en cosas muy pequeñas que muchas veces se hacen, pero en las que se muestra el rostro del Señor. Gracias por vuestro trabajo, por la conciencia que noshacéis mantener viva, por recordarnos que los pobres son los preferidos de nuestro Señor, por recordarnos lo que el Señor nos dice hoy: cambiad el corazón y haced obras, las obras del Señor. Sed dichosos. Pero sed dichosos porque sois conscientes de que habéis sido elegidos para hacer algo nuevo, para saber de verdad lo que nos pasa. La tristeza viene a la vida, a la historia del hombre, cuando no regala lo que esta humanidad necesita para vivir, que es el amor mismo de Dios.


Os voy a enviar una vez más. Yo sé que sois conscientes de este envío, pero no viene mal que una vez al año nos reunamos para sentirnos enviados a mostrar a este Cristo que se hace presente en el misterio de la Eucaristía y que nos recuerda aquellas palabras de san Agustín: «De lo que coméis, dais». Si coméis a Jesucristo, dad a Jesucristo. Si os alimentáis del amor de Dios, regalad el amor de Dios. Amén.