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"Ser voluntaria de Cáritas Madrid me ha ayudado a saber cómo soy y qué es lo que quiero hacer en la vida"

Cristina ha conocido el voluntarido de la mano de Cáritas Madrid y desde entonces dedica parte de su tiempo a los niños del Centro Socio Educativo de Cañada Real. Asegura que ha descubierto su vocación, tanto es así que ha cambiado su profesión: ha dejado a un lado la informática para dedicarse más a los demás


Cáritas Madrid. 6 de agosto de 2019.- Cristina, con 25 años, vivió hace cinco años su primera experiencia como voluntaria de Cáritas Madrid. Su labor con los niños que viven en el Sector VI de la Cañada Real le ha hecho replantearse su vida. Esta estudiante de Informática y Matemáticas ha decidido dar un giro de 180 grados tras darse cuenta de que lo suyo es ayudar a los demás. Va a dejar a un lado su carrera dedicada a la informática para dedicarse a la docencia. Así nos lo cuenta: 

 

¿Qué es lo que te llevó a ser voluntaria?

Hace cinco años un sacerdote nos habló a una amiga y a mí de la Cañada Real. Yo no sabía ni que existía, pero acepté la invitación de acudir un día a misa a la parroquia de Santo Domingo de la Calzada que está situada en la zona más dura del Sector VI de la Cañada Real. Nos habló del proyecto de menores que tenía Cáritas Diocesana de Madrid para las familias que vivían aquí y, cuando vi la labor que hacían, no me lo pensé.

 

¿Por qué elegiste un proyecto  de niños?

A mí me encantan los niños. Creo que se me dan bien y yo siento que puedo ayudarlos. Me mueve el ver que puedo marcar alguna diferencia en alguno de ellos. Aquí en Cañada los niños realmente necesitan que alguien los apoye. Viven en un entorno muy complicado en el que Cáritas hace una labor muy necesaria en las familias apoyando a los más pequeños. Del proyecto me gustó ver que se intentaba acoger a todos los niños, que no se hacían distinciones. Y que con recursos sencillos se cambian muchas cosas. Es un proyecto muy efectivo, muy agradecido. Habitualmente, vemos injusticias sociales que muchas veces se te quedan grandes, que sientes que no puedes hacer nada por cambiarlas. Pero en Cañada sí puedes.  

 

¿Qué te ha aportado ser voluntaria?

Cañada no es un sitio que te deje igual. A mí me ha sensibilizado con otras realidades que antes ni sabía que existían. Pero también me ha ayudado a saber cómo soy y qué es lo que quiero hacer en la vida. Yo empecé hace cinco años, hice casi dos años de voluntariado en Cañada, pero luego tuve que dejarlo porque encontré un trabajo, en una empresa de informática, que no me dejaba tiempo. En ese tiempo descubrí qué era lo que realmente quería hacer: dedicarme a la docencia y seguir haciendo voluntariado. Ahora he vuelto y he dado un giro entero a mi vida.

 


¿Cómo fue el primer día que viniste aquí?

Cristina: el primer día fue un poco duro, pensé que no servía para esto. Los niños de Cañada son muy especiales, pero entonces no lo sabía y, cuando lo descubrí, pensé que no iba poder conectar con ellos. Los niños de Cañada son muy transparentes y esa transparencia a veces es difícil de gestionar. Sentí mucha inseguridad, incluso miedo, pero también recuerdo que eso mismo fue lo que me hizo comprometerme con ellos. Porque me equivoqué en mi miedo inicial. Al poco rato de estar allí, me enamoré de esa transparencia: son niños muy nobles, no son nada retorcidos. Su transparencia es lo mejor. Y agradecen mucho nuestra presencia. 

 

¿Qué es lo que has descubierto?
Este voluntariado me ha permitido saber lo que quiero hacer en mi vida. Yo soy informática y estuve trabajando en una empresa que se dedica a ello, pero después de pasar por Cañada he decidido dedicarme a la docencia de forma profesional. He descubierto que puedo hacer cosas por los demás, que quiero dedicarme a enseñar lo que he aprendido. Mi objetivo ahora es poner mis conocimientos sobre informática, matemáticas y tecnología al servicio de la docencia. ¡A los niños les encanta la robótica, por ejemplo! De hecho, me acaban de contratar para un programa para formar docentes para dar clases en entornos de exclusión para niños de instituto.

 
¿Qué es lo mejor y lo peor?

Los mejores momentos te los dan los niños: ver que uno de ellos mejora o conseguir encontrar algo que le motive es increíble. También disfruto muchísimo las salidas con ellos fuera de Cañada. Ellos no suelen tener la oportunidad de salir y hacer excursiones, por eso las suelen disfrutar muchísimo. Es, además, muy llamativo lo bien que se portan cuando salimos. Es genial verlos fuera de este entorno. Momentos malos también hay, claro. Lo que más me cuesta es no conseguir motivar a algún niño o niña. A la mayoría de ellos acabas conociéndolos y aprendes cómo hacer para que se interesen por las actividades, pero hay momentos difíciles en los que siento que me quedo sin recursos para motivarlos o para que estudien o participen.