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¿Qué te encuentras al otro lado de la mesa?: Testimonio de Miguel Ángel Sancho, voluntario de San Juan de Ávila

Describe su experiencia en la mesa acogida de la Cáritas parroquial de Vicaría V, arciprestazgo de Usera, y cómo ayudan a las personas que llegan, muchas de ellas inmigrantes.


Ofrecemos a continuación su testimonio personal:


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Hace unos días desde el grupo que ha preparado esta celebración de la Eucaristía, me pidieron que contara un poco cómo se vive desde el otro lado de la mesa, desde la acogida/Cáritas, el encuentro con los que llegan desde otros países a la parroquia solicitando todo tipo de ayudas.

 

Esa misma mañana dos mujeres inmigrantes, la mayoría de quienes se acercan a nosotros son mujeres, habían compartido dos buenas noticias: una había inscrito por fin a su niña en el Registro –ya tiene más de 1 año -y la otra había conseguido permiso de trabajo y residencia. 

 

Fue una gran alegría, y más en estos tiempos en los que tan necesitados estamos de buenas noticias; aunque también tuvo su punto agridulce. Porque los tres conocemos, y apoyamos el derecho a la libre circulación, y a buscar un futuro mejor para ti y los tuyos en cualquier lugar del mundo, pero también sabemos lo difícil que lo ponen los gobiernos y muchas personas de los países de destino. Tal vez por eso mismo la alegría fue enorme.

 

También fue una buena noticia saber que Oneyda iba a compartir hoy su experiencia, porque Oneyda, con la que creo que nunca he coincidido al otro lado de la mesa, es para mí un ejemplo cercano de que la Acogida va más allá de las necesarias ayudas para vivienda, asesoramiento jurídico, alimentación…, porque los dos nos hemos dado la oportunidad de compartir trocitos de nuestras vidas. Y de eso va a ir mi intervención.

 

Bueno, pues en medio de estas arenas movedizas, en este vaivén pendular de sentimientos y realidades se desarrolla nuestra Acogida. Llevando a cuestas la duda de si no estaremos simplemente poniendo parches, o aún peor, siendo cómplices de una injusticia estructural.

 

Viendo con desesperanza que, por falta de medios, capacidades, tiempo, no encontramos salida ni para situaciones de emergencia temporales ni para las personas a las que llevamos tiempo y tiempo acompañando; pero sabiendo también que como decía el querido obispo Pedro Casaldáliga: “El hambre no espera. Al que tiene hambre hay que darle de comer, luego vendrá lo de enseñarle a pescar; pero, sobre todo, sobre todo que sepa que el río es suyo”.

 

Pero voy a concretar un poco más.

 

¿Qué te encuentras al otro lado de la mesa? ¿Qué me encuentro y qué siento al otro lado de la mesa?

 

Te encuentras a alguien con una mochila cargada de muchas experiencias, necesidades, sentimientos y esperanzas.

 

Experiencias, y duras experiencias, porque se viene de una realidad en la que a veces hay situaciones muy complicadas: maltrato, persecución política, extorsión criminal, y por supuesto en la mayor parte de los casos se viene de una situación de pobreza, que si bien no tiene por qué ser extrema, sí impide el desarrollo de todas las capacidades que en una sociedad como la nuestra pueden tener respuesta.

 

Y contar esto no es fácil, pero escuchar esto, NO es fácil.

 

Hay muchos, “usted ya sabe”, hay lágrimas, hay cruce de miradas, hay silencios.


Te encuentras muchas necesidades: pagar la deuda del viaje, encontrar una habitación, comer, un trabajo. Unas necesidades que al otro lado de la mesa o no has tenido nunca o las has tenido a un nivel inmensamente incomparable.

 

 

Y contar esto no es fácil. Escuchar esto no es fácil.

 

Porque el pedir tiene una carga de vergüenza, de sentirse incapaz de sacar adelante a los tuyos. Y porque escuchar la magnitud de los problemas e intuir su resolución te cae como una losa, y ves, y sientes que la tarea que hay por delante va a ser muy complicada.

 

Te encuentras con muchos sentimientos:

 

“Estoy harto porque no he logrado el papel que me falta y hay un trámite que se eterniza”.

“Qué rabia, el que me ofreció un trabajo después de estar 5 cinco días con él no me pagó nada”.

 

“El frigo se está vaciando. Mi niño va al cole con un vaso de leche sin galletas. Estoy angustiada”.

 

“Qué pena, mi mamá enfermó y no puedo hacer nada. Qué dolor, mi mamá ha muerto y me falló hasta la videollamada para acompañar a mis hermanos. Sólo por el WhatsApp pude mandar un abrazo”.

 

“Tengo miedo, el que me realquila la habitación me ha dicho que o pago en una semana o a la calle y si estuviera sola aún; pero con la niña qué hago”.

 

Y tú también tienes la angustia de los recursos limitados; la rabia de no ver soluciones inmediatas ante los abusos; la impotencia de sólo poder compartir una oración por teléfono y el dolor ante el hambre, la falta de luz, y el cielo como techo.

 

Y expresar estos sentimientos no es fácil. Y tener que contarlos en distintos ámbitos y a distintas personas no es fácil. Y para ti compartir estos sentimientos que te asaltan en cualquier momento no es fácil.

 

Y finalmente te encuentras muchas esperanzas, muchas más de las que tú nunca has tenido porque tal vez no las has necesitado, muchas más de las que tú te hubieras imaginado que podrías llegar a generar con una simple información de un curso o con un simple: “ya verás como todo va a ir bien”; y sobre todo te encuentras con la esperanza que una y otra vez te lanzan desde el otro lado de la mesa: Dios siempre me ha acompañado, yo le tengo confianza a Dios, siempre hay que mantener la esperanza, primero Dios, señor Miguel, o Miguel Ángel, Miguelito y a veces sólo padre. Y poco a poco vas aprendiendo que para ayudar sí hay que tener conocimientos, y hasta un cierto grado de profesionalidad; pero que se ayuda con la mirada, con la sensibilidad, dejándose tocar, y empaparse con la existencia del que tienes enfrente. Se ayuda desde las tripas. Y no se trata de hacer grandes cosas, pero sí de hacerlas bien. Buscando lo que más ayude en cada momento y hasta donde sea posible.

 

Y al final vives como imprescindible la humildad, la verdad, la confianza, la calma, el conversar y no sólo analizar, el poder reír y alegrarse con los logros. Y al final sólo puedes dar gracias a Diosito por haber puesto en tu camino a tantas hermanas y hermanos que dejan que en algún momento formes parte de sus sueños y esperanzas.

 

El buen Dios nos bendice a todos.

 

Miguel Ángel Sancho Bratos