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Modar trabajaba en Cáritas Siria. Ahora, es refugiado en Holanda

Modar, su hermano y su hermana recorrieron 14 países en 21 días para huir de la guerra en Siria. Es uno de los 25 trabajadores de Cáritas Siria que han pasado de ayudar a los desplazados por la guerra a ser ellos mismos refugiados. Sus padres habían vendido su casa para pagarles el viaje. «Mis padres deben venir también pero la única posibilidad que tienen para hacerlo es pasar por el mismo viaje horrible», lamenta su hermana.


Cáritas Madrid. 16 de enero de 2016.- Modar huyó de Siria en septiembre, dirigiéndose hacia Europa en busca de asilo y protección contra las bombas y el derramamiento de sangre de la guerra civil de casi seis años de duración. Con su hermano y su hermana, todos de poco más de 20 años, cruzó el Mediterráneo en un bote inflable y viajaron por Europa hasta llegar a lo que esperaban que fuera un nuevo inicio para ellos, Holanda.

 

Hasta ahora esto resulta familiar. 850 000 personas realizaron este viaje en 2015, casi todas de Siria. Sin embargo, la historia de Modar es especialmente emotiva para la familia de Caritas porque, desde febrero, había trabajado como consejero para Caritas Siria, ayudando él mismo a aquellas personas que huían de la violencia.

 

«Cuidábamos a los niños que venían a Damasco desde pueblos que estaban bajo el asedio –explica–. «Habían presenciado cosas terribles. Estaban asustados, siempre. Nunca querían jugar. Sin embargo, nos ganamos su confianza a través de juegos y charlando con ellos».

 

Ir a trabajar bajo el bombardeo era peligroso, pero siguió haciéndolo «porque amaba lo que hacía». Modar ya había tenido que abandonar sus estudios universitarios a causa de los combates.

 

El segundo hogar de su familia en Homs, en el que pasaron tres meses durante el verano, había sido destruido por los bombardeos. La vida en Damasco también se estaba volviendo muy peligrosa. «Conocíamos a muchas personas que habían muerto o que habían resultado heridas», explica.

 

«Nuestros padres vendieron su casa»

 

Puesto que la lucha se estaba intensificando, su madre y su padre empezaron a pensar en mandar a sus hijos fuera del país. «El fuego de morteros estaba volviéndose verdaderamente fuerte –dice Modar–. La situación llegó a ser demasiado peligrosa. Nuestros padres vendieron la casa de Damasco para pagar nuestro viaje. Querían que viviéramos. Nosotros queríamos un futuro».

 

Al menos el 20 por ciento de los 130 miembros del personal de Caritas Siria (sin contar a los voluntarios) han tomado la misma decisión y desde el 1 de agosto empezaron a salir de Siria.

 

El 1 de septiembre, los dos hermanos, junto con su hermana, se despidieron de sus padres. Pocos días más tarde estaban en un bosque cerca de Izmir (Turquía), en la costa occidental del Mediterráneo, habían pagado a unos traficantes y estaban esperando a cruzar el mar hasta Grecia.

 

«Estuvimos en aquel bosque durante tres días, durmiendo sobre el suelo embarrado», cuenta él. Cada uno de ellos llevaba una mochila con agua, algo más de ropa, algunos alimentos energéticos, como dátiles y chocolate, y sus papeles.

 

«Los traficantes eran despreciables –dice su hermana, Tamador–. Había muchos gritos y peleas entre ellos y otros refugiados. Mi hermano había sido scout, él sabía qué hacer. Sabía cómo enfrentarse a situaciones peligrosas».

 

Cada uno pagó 1.300 dólares para cruzar en bote hasta Lesbos. «Daba mucho miedo –dice Tamador–. Partimos en pleno día. Había 43 personas en el bote. No había espacio. Una vez llegados a Lesbos nos sentimos libres; no precisamente felices, pero al menos seguros».

 

Lo primero, llamar a casa

El primer día, el 11 de septiembre, lo pasaron buscando un teléfono para llamar a sus padres y decirles que estaban bien. Pasaron una «helada noche al aire libre» a la que siguieron una noche en un hotel y 8 horas de ferry hasta Atenas.

 

«Cuando llegamos a Atenas nos invadió el pánico –cuenta Tamador–. Hungría había anunciado que el 15 de septiembre cerraría sus fronteras. Solo teníamos dos días para llegar allí».

 

Inmediatamente se pusieron en marcha hacia el norte, atravesaron Grecia, Macedonia y Serbia en autobús, tren y también a pie. Alcanzaron la frontera de Serbia con Hungría la mañana del 15 de septiembre. Llegaban demasiado tarde, la frontera se había cerrado.

 

«Dormimos dos noches en la frontera. Fue realmente horrible. No se podía dormir. Hacía mucho frío. La única ayuda que recibieron fue la de algunos voluntarios locales que les proporcionaron mantas. La gente gritaba y gritaba. Era escalofriante –dice Tamador–. En esos momentos, sentimos que estábamos acabados».

 

Se enteraron de que había un autobús que iba a Croacia y lo cogieron. «En la frontera de Croacia había muchos refugiados y migrantes y muy pocas personas ayudándolos.

 

Aún así, las personas del lugar fueron realmente amables y nos dieron comida y mantas. Conocimos a una persona de Caritas que estaba echando una mano».

 

El viaje les estaba cobrando un alto precio: «Llevábamos tres días sin dormir. Fue muy duro y duele recordarlo». Cogieron un autobús a la capital croata y luego otro a lo que ellos creían que era Eslovenia. En lugar de a Eslovenia los llevó a Hungría.

 

«Acabamos yendo a Budapest en autobús y luego en tren hasta la frontera con Austria –cuenta Tamador–. Caminamos tres kilómetros a lo largo de la frontera. Había muchísima gente, un gran caos y mucho miedo. Afortunadamente nadie resultó herido aquel día».

 

Habían buscado y planificado su viaje por internet y hablando con amigos. Su meta era Holanda. «Queríamos ir a los Países Bajos porque sabíamos que los holandeses son hospitalarios, que hablan inglés y que los trámites de registro son más rápidos».

 

Pasaron por Austria y Alemania, quedándose en campamentos de tránsito a lo largo del viaje. Tras 21 días en camino, llegaron a Holanda. «Nos mandaron a un campamento de unas 3.000 personas, en el bosque, cerca de Nijmegen», explica Tamador. «Llevamos cuatro meses aquí. Se está muy mal. No hay privacidad. Hace frío. Las reglas son muy estrictas».

 

Los refugiados dependen de las personas locales y dicen que son tratados muy duramente por las autoridades. «No hay nada organizado, ni siquiera clases de lengua, las cuales podrían cambiar significativamente la situación. Sin los voluntarios locales, que nos dan ropa y comida, estaríamos perdidos», dice.

 

Para Modar ha sido difícil pasar de ayudar a la gente a ser él quien es ayudado. «Al principio no podía aceptar ningún tipo de ayuda –dice su hermana–. Es difícil aceptar que eres un refugiado, que estás muy lejos de casa y en una cultura muy diferente, que ahora debes depender de los demás. No le deseo a nadie el experimentar lo que se siente siendo un refugiado».

 

Aparte de la identificación mediante huellas digitales, hasta la fecha todavía no se ha iniciado ningún trámite para que sean registrados. «Modar tiene que trabajar, tiene mucho que ofrecer. Deberían haber visto cómo ayudaba a los niños –dice Tamador–. Sin embargo, sabemos que Holanda es un país pequeño y que hay un gran número de refugiados. Sabemos que debemos esperar».

 

Los dos hermanos y su hermana tienen sentimientos encontrados sobre el hecho de haber abandonado Siria. «Contentos de estar aquí, no contentos de estar en una tienda de campaña. Contenta de estar a salvo, pero no contenta de que mi país no esté a salvo», explica Tamador.

 

«Fue sensato venir. Mis padres deben venir también pero la única posibilidad que tienen para hacerlo es pasar por el mismo viaje horrible. Me hace sentir muy triste que ellos tengan que experimentar ahora los peligros y adversidades por los que pasamos nosotros durante aquellos 21 días».

 

Fuente: Caritas Internationalis