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Las pequeñas cosas que me hacen creer en Dios

Testimonio de un voluntario que dedica su tiempo a los demás en el Servicio de Orientación e Información para el Empleo en Cáritas Vicaría II, donde realiza la tarea de tutor.

 

Cáritas Madrid. 1 de mayo de 2017.- Hay pequeñas cosas, pequeños hechos que se mueven a nuestro alrededor, a las que cualquier persona no les daría la mayor importancia, pero que cambian en un instante nuestra vida, nuestro modo de pensar, nuestro modo de sentir …


Soy un tutor novato del Servicio de Orentación e Información para el Empleo (SOIE) del arciprestazgo de Nuestra Señora de la Encarnación, en Cáritas Vicaría II. Digo novato porque, aunque llevo dos años como voluntario en esta función, todavía me quedan muchos más de experiencia para llegar a conocer este oficio, cada día llega hasta mí otra persona que me hace ver que en realidad aún sé muy poco.


Me gusta este trabajo, sentarme enfrente de una persona, dejar que hable que me cuente sus problemas, sus necesidades, sus inquietudes, todas vitales, todas de primera necesidad, muchas angustiosas. Me pongo en su piel y la siento como mía, intento transmitir tranquilidad, dar ánimos y esperanza, proponer líneas de búsqueda de trabajo, siempre digo como a los técnicos comerciales que dirijo en mi trabajo, mil visitas son mil oportunidades, pero si no sale un trabajo en ellas quizás sea la mil y una la buena. Cuando comencé no era ésto lo que esperaba, me gusta mucho la docencia y buscaba un puesto de voluntario en esa actividad, pero debido a mi trabajo, los horarios no eran compatibles, de modo que me ofrecieron ser un tutor de SOIE, con la coletilla, - si no te gusta, después puedes cambiar a otro tipo de voluntariado -. Lo acepté, tenía necesidad de cambiar mi vida, de sentirme útil a los demás por nada, por una sonrisa y un “gracias".


Necesitaba aplicar mi teoría del máximo: si el máximo de personas ayudamos al mismo número de personas que lo necesitan, la vida de todos cambiará. Y llevado a nuestro mundo, si cada uno de nosotros ayudamos a otro necesitado, de modo que la mitad de la Tierra ayude a la otra mitad, todo cambiará.


Pasado el tiempo me fue embaucando, día a día me gustaba más, ahora espero cada jueves por la tarde para ir a mi rincón del SOIE.


Tengo el peor de los horarios posibles, los jueves por la tarde de 18:30h a 20h, en realidad siempre se amplía a 21h y, a veces, alguna cosa para casa. Es poco tiempo, ya lo sé, pero en ese corto espacio de tiempo entrego todo lo que hay en mí, pongo todo mi empeño en acompañar a la persona que se sienta a mi lado.


Por el contrario, tengo que decir que Pedro, mi coordinador, también voluntario como yo, me ayuda y me da ánimos, en realidad no solo a mí sino a todos, pacientemente, una y otra vez, abandonando su trabajo para que hagamos el nuestro y explicando por enésima vez donde tenemos que buscar la evaluación de empleabilidad.


Este horario tan malo, provoca que muchas de las personas que vienen pidiendo ayuda, no vuelvan más, de modo que debo tener uno de los más altos índices de abandono de personas que comienzan la tutorización. Pedro, a veces, se sonríe de mí, pero enseguida me mira preocupado:

 

– No estarás desanimado, no pensarás en abandonar –

- No te preocupes Pedro, comprendo el sentimiento de las personas que vienen hasta nosotros, muchos necesitan una solución muy rápida para poder comer, no estamos en disposición de ofrecer eso, nuestra misión es formar a la persona para que busque trabajo, eso lleva un tiempo que no todo el mundo quiere asumir. Tengo fe en lo que hago, sé que algún día sucederá algo extraordinario que me dará un nuevo impulso, de modo que encajo bien las ausencias –


Fue difícil, pero se consiguió con Fe

No pasó mucho tiempo de esta pequeña conversación. María, una mujer separada de su marido que tuvo muchos problemas en la ruptura de su relación, ha estado mucho tiempo acompañada de diversos tutores, se fue y volvió al SOIE a lo largo de los años, buscando una ayuda que no éramos capaces de dar. Su parroquia le presta toda la ayuda que puede, pero ella necesita mucho más que eso, sobre todo sentir que hay alguien cercano a quien puede contar sus problemas. Tiene un trabajo de cuatro horas por la mañana, que le proporciona un pequeño salario con el que sobrevive, para pagar la casa, para el colegio de su hija pequeña, para comer, para tantas necesidades, que no le llega.


Por la tarde cuida de su hija, me dice:

- Enrique, tengo que vigilarla, hoy día hay muchos peligros – Yo fuerzo la situación y le muestro la realidad.

- María si trabajas por la mañana y por la tarde cuidas a tu hija ¿cuándo vas a buscar trabajo? ¿cuándo vas a mejorar tu situación? ¿qué pasará cuando, finalmente, encuentres un trabajo para todo el día?

- Tiene razón Enrique, debo pensar sobre ello y hacer algo al respecto – Hace unos meses conseguimos para ella un curso de formación en peluquería, parece que esa profesión le gustaba y podría ser una salida a su problema. Lo tomó con mucha ilusión, pero pronto se frustró. No tenía ganas de seguir con la tutoría, hablé con ella por teléfono y la convencí para continuar, para que no abandonase, así que comenzamos de nuevo con el plan de búsqueda de empleo, pues no había cursos de formación por la tarde, en horario en que pudiese acudir.


Estábamos en ese ínterin, cuando sucedió algo inesperado, desde la parroquia de María informaron a Pedro que existía un curso de geriatría con certificado de profesionalidad, algo que podría cambiar su actitud en la búsqueda de empleo y darle nuevas esperanzas, ella siempre lo decía:

- Tener algún título que me permita ir con toda la confianza a buscar trabajo, que me respalde y avale

Cuando Pedro me lo comentó, aquel jueves, entramos enseguida en el programa de Cáritas para comprobar la existencia del curso, era cierto que existía, no sabíamos por qué se nos había pasado, y nos llevamos la primera sorpresa, el curso comenzaba al día siguiente viernes, comprendimos que iba a ser muy difícil su inscripción en él, pero María lo necesitaba y eso nos motivó a no perder la fe.


Hicimos la inscripción y me comprometí a hacer seguimiento el viernes por la mañana desde mi trabajo.


Enseguida llamé a María y le informé que estaba inscrita, pero sin confirmación de su aceptación, y de mis intenciones de seguir insistiendo la mañana siguiente.


Sobra decir la alegría que le produjo la noticia, los agradecimientos que nos daba y la esperanza que mostraba que todo iba a salir bien por primera vez en muchos años.


El viernes de mañana, ya en mi trabajo, no podía dejar de pensar en la llamada que debía hacer, presentía que algo no iba a salir bien, me sentía nervioso y preocupado. Esperé hasta las 9h para llamar, marqué los números del teléfono del centro y esperé una respuesta. Le expliqué la situación, puse en mi voz todo el poder de convicción que pude mostrar, pero, después de escucharme un buen rato, me dijo que las plazas estaban todas cubiertas, y que si alguna persona se daba de baja podría entrar. Por si acaso escribí un correo con la situación de María, por si en algún momento alguien se daba de baja.


Por la tarde, desde casa, llamé a María:

- María, lo siento, he sido incapaz de que pudiera estar inscrita en el curso –

- Me lo imaginé Enrique, sabía que era así cuando no me llamó esta mañana para que me preparara para acudir al centro de formación –

- De nuevo lo siento, no sé qué más decir –

- Bueno, no se preocupe –

Eso fue todo, era verdad que no sabía que más decir, la situación fue igual que cuando damos el pésame a una persona querida, queremos expresar tantas cosas de cariño, de cercanía, de amistad que, al final, decimos bien poco.


Pasó toda la semana. El recuerdo no me abandonaba, me perseguía como un fantasma cruel incrementando mi desánimo. El jueves llegué a mi rincón del SOIE, saludé a todos y me dirigí a Pedro:


- No puedo creer que no nos hayan podido ayudar, que hayamos dado contra un muro sin un ápice de sentimiento, sin dar siquiera un mínimo de esperanza – Estaba enfadado, pero lo dije con mucha calma y sentimiento que salía desde muy dentro. Pedro así lo entendió y sabía de qué hablaba sin haber mencionado a persona alguna.

- Enrique ten en cuenta que esa coordinadora tiene sus obligaciones, hay otras muchas personas que cumplen los requisitos para hacer el curso y también esperan, no puede hacer excepción con todos los que llegan –


Tenía razón, pero me negaba a lo racional.

- Pero, podría analizar los casos, una pequeña excepción, una pequeña porción de misericordia, un pequeño milagro –

No insistimos más. Esa tarde no tenía que atender persona alguna, así que empleé mi tiempo en llamar por teléfono a las personas que acompaño para conocer cómo iban con sus tareas de búsquedas y cursos.


Llamé de nuevo a María, tenía que animarla, si yo no lo hacía quién lo haría. Una primera llamada sin resultado. Mucho más tarde otra segunda llamada, pero no cogían el teléfono, me pareció raro pues siempre he recibido respuesta, quizás vio el número y no quiere hablar con nosotros, pensé.


Llegó la hora de salir, estaba ya en la puerta de la calle despidiéndome de Pedro cuando sonó el teléfono, era tarde y no atendimos la llamada.


El día siguiente viernes, estaba en casa escribiendo como tengo por hábito y llamaron a mi teléfono, al tomarlo en mis manos apareció el nombre Pedro. Cáritas, recuerdo que pensé, será algún cambio para la próxima semana.

- Hola Pedro ¿cómo estás? –

- Oye, ¿te acuerdas de la llamada de ayer cuando te ibas? -

- Sí, claro –

- Pues después volvieron a llamar. Era María –

- Ah bien, y ¿qué te dijo? –

- No te lo vas a creer. Ha sido admitida en el curso –

- ¿Cómo? ¡qué alegría me has dado! ¿cómo ha sido posible, ya ha pasado más de una semana desde su comienzo? ¿y la lista de espera? ¿y las negaciones? Entrar a ese curso era poco más o menos que imposible –

- Pues ha sucedido –

 

Seguimos hablando mucho rato, a cada instante yo iba diciendo ¡qué alegría! Nos despedimos y colgué el teléfono.


Después de un buen rato de asimilar la noticia, de sentir la alegría verdadera en todo mi ser, pensé:

Dios ha visto mi falta de fe, ha debido creer que necesitaba tener misericordia de nosotros y nos ha entregado su ayuda, no quiero decirlo, pero, en ese momento, sentí que así era, ha hecho este pequeño milagro. Entonces sentí de nuevo, como tantas otras veces, que Dios existe y está a nuestro lado ayudándonos a salir de nuestras miserias y nuestros egos.

 

Quien no se haya sentado, alguna vez, al lado de una personas que necesita ayuda, debería hacerlo con frecuencia. Quien no haya sentido el sufrimiento del contrario, debería ponerse en su piel de vez en cuando. Quien no haya estado nunca en un SOIE, recomiendo que lo haga. Para sentir a Dios a nuestro lado.


Para mis amigos del SOIE de Vicaría II, Pedro y Clarisa.

Para los curas de mi parroquia la Virgen de la Granada, que tanto cariño y sentimiento llevan a la gente.


Enrique