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Feliz Día de San José Obrero, Día Internacional del Trabajo

 Hoy, día 1 de mayo la Iglesia celebra la Fiesta de San José Obrero, patrono de los trabajadores, fecha que coincide con el Día Mundial del Trabajo. Esta celebración litúrgica fue instituida en 1955 por el Siervo de Dios, Papa Pío XII, ante un grupo de obreros reunidos en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.

 


Caritas Madrid. 1 de mayo de 2019- La fiesta del 1 de mayo, nacida fuera de la cristiandad para reclamar condiciones laborales de un trabajo digno, ha sido aceptada por la comunidad cristiana en su calendario festivo. Los cristianos sabemos que José era un obrero y que Jesús era conocido como el “hijo del carpintero de Nazaret”. Por eso el papa León XIII proclamó a San José el “patrono de los obreros”.


Hoy esta fiesta tiene total actualidad porque aproximadamente la mitad de la población mundial todavía vive con el equivalente a unos 2 dólares diarios y en muchos lugares el hecho de tener un empleo no garantiza la capacidad para escapar de la pobreza.

 

Si nos fijamos en el Evangelio, podemos ver que la mirada de Jesús, como acompañante, está cargada de sentimientos, está repleta de compasión, no es la mirada aséptica y neutral del profesional, es una mirada que profesa cariño, incluso cuando se producen las divergencias. Esta es la expresión máxima de cariño, el respeto a la autonomía y libertad del otro. Así debemos actuar los cristianos en nuestra labor de acompañamiento a las personas en situación de precariedad.


Testigos de la precariedad

Somos testigos de que siguen existiendo trabajadores pobres, con un empleo inestable y que afecta, mayoritariamente a: mujeres, jóvenes, mayores y población inmigrante, muchos de ellos en situación documental irregular.


Sabemos también que, en la actualidad, el trabajo precario o el desempleo afectan, de manera más radical, a las personas más vulnerables. Además, el escaso empleo que se crea es precario, temporal, inestable, a tiempo parcial, con salarios bajos y deficientes condiciones laborales que deshumanizan.


Esta situación genera una espiral de pobreza y vulnerabilidad que, además de privar de lo necesario para que las personas vivan con dignidad, desencadenan otras situaciones relacionadas con el sentido vital y las relaciones sociales, que ponen a las personas en el disparadero hacia la exclusión social.


Esta realidad nos interpela como cristianos: la defensa del trabajo digno, forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia que debe realizarse desde la acogida, la motivación, la capacitación integral y el acompañamiento. Por eso, como cristianos, debemos comprometernos a denunciar las causas y los mecanismos que mantienen este sistema injusto; a ser mano tendida, al estilo de Jesús de Nazaret; signo y Buena Noticia de esperanza para quienes perciben y experimentan un futuro sin horizontes y sin sentido.


Además, nos ofrecemos a escuchar, acoger, acompañar y compartir la impotencia de las personas en paro o con trabajos precarios y orar por ellas. Así como a sensibilizar y sembrar dignidad.