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Él ha venido a llevar la Ley a su plenitud

Lecturas del sexto domingo del Tiempo Ordinario: Primera lectura del libro del Eclesiástico (15,16-21). Sal 118,1-2.4-5.17-18.33-34. Primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (2,6-10). Evangelio según san Mateo (5,17-37).


Cáritas Madrid. 16 de febrero de 2020.- Hoy el Señor va a seguir anunciándonos su Buena Noticia, diciéndonos que Él ha venido a llevar la Ley a su plenitud. En este mensaje suyo nos va a hablar de las actitudes que anidan en nuestro interior y a las que hemos de estar más atentos que a nuestros propios actos, pues son estas las que determinan en última instancia nuestra conducta.


Elegir no es una opción, es una determinación, no podemos vivir sin hacerlo. La propia indiferencia se fundamenta en la posibilidad de elegirla. Pero el horizonte de nuestra elección sí es una opción abierta, llena de posibilidades y grandezas. Elegir en la dirección de la vida, de la salvación, del amor, del compromiso liberador es la invitación de un Evangelio lleno de compasión y de misericordia. Todo lo contrario a la indiferencia, darse por afectado por la historia y hacerse cargo de ella, cargando con sus dolores y sufrimientos, y encargándose de caminar hacia una nueva vida y un nuevo mundo es el verdadero camino de la libertad. Cristo es el hombre libre que ama y se entrega radicalmente, es el sacramento de nuestra fe. Él da su espíritu de libertad a los que se lo piden y con ese espíritu no hay ley que no se cumpla y se supere en el verdadero amor. Ya no valen los legalismos indiferentes, ahora el que ama cumple la ley entera y obedece a los profetas.


JESÚS FUE ASOMBROSMENTE LIBRE

«La libertad que Jesús experimentaba alcanzó hasta las mismas raíces de su ser. Esa misma libertad fue el desafío que lanzó a sus seguidores, animándolos a esforzarse por conseguirla, y es también el desafío que nos lanza hoy a nosotros en un momento en que nos movemos al borde del caos. Jesús fue asombrosamente libre. Fue capaz de ponerse en pie y contradecir los supuestos, costumbres y normas culturales de su sociedad. Interpretó libremente las leyes, especialmente las relativas al sábado, y tuvo la audacia suficiente para hacer caso omiso de todas las tradiciones sagradas sobre lo que era puro e impuesto. Dentro de aquella sociedad y de su religión, él no tenía ninguna autoridad para hacer nada de eso. Lo que tenía era la libertad personal para hacer la voluntad de Dios, sin que le importara lo que los demás pudieran pensar o decir.
Era libre para amar sin reservas tanto a los más pobres de los pobres como al joven rico. Los piadosos se escandalizaban por el amor y la solicitud que mostraba hacia las prostitutas. Los pobres se sentían desconcertados por la cordialidad con que trataba a los odiados recaudadores de los impuestos, que los explotaban. La gente decía que era un comilón y borracho, pero ello no le impidió comer y beber las comidas impuras de los pobres. De hecho, parecer que esta acusación le resultó un tanto divertida (Mt 11, 18-19).
La libertad radical de Jesús hizo que no tuviera miedo a nada (…). Jesús fue libre para morir, para dar su vida por el Reino. No estaba atado a nada ni a nadie, ni siquiera a su propia vida o al éxito de su misión. Su libertad no conocía límites, porque tampoco los conocía su confianza en Dios»(36).