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Cuarto domingo de Pascua: "Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna"

Lecturas del día: Hechos de los apóstoles (13,14.43-52). Salmo 99,2.3.5. Apocalipsis (7,9.14b-17). Evangelio según San Juan (10,27-30).

 

Cáritas Madrid. 12 de mayo de 2019- «Escuchar su voz y seguirle». Ésta es la doble llamada que nos hace hoy el evangelio a los creyentes en Jesús resucitado.

Escuchar su Palabra, acogerla como palabra de vida y comprometerse con ella haciéndola vida cada día; seguirle, ir tras sus pasos, recorriendo sus mismos caminos y provocando los encuentros con aquellos que fueron sus preferidos, los pobres, los marginados, los excluidos. Nuestro compromiso con ellos es realizar los mismos gestos liberadores de Jesús para «enderezarlos» y devolverles la dignidad perdida.

 

El evangelio de este cuarto domingo es tan breve como denso. No se puede decir más en cuatro versículos. El contexto es la fiesta de la Dedicación del templo (10,22), en el que el pueblo celebraba la reconstrucción del templo, prueba física de la presencia de Dios en medio de su pueblo, de su mutua pertenencia por la alianza: «Tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios».


El fragmento del evangelio de hoy forma parte de la explicación del mesianismo de Jesús. Los judíos le han hecho en los versículos anteriores una pregunta: «Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente». A lo que Jesús les responde: «Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas» (10, 25-26).


Jesús reprocha a los judíos que no lo reconocen como Mesías porque no son de sus ovejas, pasando a describir a quienes realmente lo son. La imagen de las ovejas del Buen Pastor evoca el mejor retrato del creyente: escuchan su voz y le siguen. Ese es el auténtico discípulo, el que está atento a las palabras de Jesús y sigue sus pasos. El Pastor conoce a sus ovejas y les regala «la vida eterna», o lo que es lo mismo, la vida de Dios, por eso, no perecerán.

«El Padre y yo somos uno»

Además, las ovejas no se les puede apartar del lado de Jesús porque su adhesión está garantizada por el Padre. El Señor insiste en que la fe en su palabra no sólo vincula al creyente con Él, sino con el mismo Dios, el Padre de Jesús: «El Padre y yo somos uno». Ya no hay necesidad alguna de mirar al Templo para descubrir a Dios presente en medio de su pueblo. Jesús se presenta como presencia visible de Dios en medio de ellos: «Y la Palabra se hizo carne y  habitó entre nosotros (Jn 1,14).