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A cada persona hay que darle su espacio y su dignidad.

Si algo no nos gusta porque está feo o dañado, tampoco será bueno para los demás.
Los voluntarios de Cáritas tienen que ser vistos como servidores dentro de la comunidad, que es en realidad lo que considero que somos.


Cáritas Madrid.- Soy voluntaria de Cáritas en la Vicaría VIII y trabajo en la Parroquia de Ntra. Sra. del Espino. Esta parroquia se encuentra situada justo detrás de Plaza Castilla y, a su espalda, comienza a aparecer un laberinto de calles en las que viven, con frecuencia, 3 ó 4 miembros de una misma familia realquilados en una habitación, mezclados con el vecindario de siempre de la zona que, en estos momentos, se encuentra azotado por el problema del paro y, con las casas del IVIMA del comienzo de la Avda. de Asturias, que han servido de realojo para aquéllas familias que vivían en las primitivas casas bajas, en escasas condiciones de salubridad. Existe en la zona una gran mezcla de culturas: española, española de etnia gitana, marroquíes, rumanos, incluso en asentamientos y un gran porcentaje de inmigrantes latinos (ecuatorianos, paraguayos, peruanos, colombianos, dominicanos, bolivianos…). Al frente de la parroquia y al final de Bravo Murillo habitan los vecinos con mayor suerte económica y que suponen un porcentaje pequeño de la población que se integra en el territorio perteneciente a Ntra. Sra. del Espino.


Trabajo en la acogida de Cáritas desde hace 7 años (este es mi octavo año). Los 6 primeros era la persona de apoyo y, a partir del año pasado, soy la responsable de acogida.


En realidad mi trabajo como apoyo a la acogida me resultaba tremendamente gratificante, porque la responsabilidad de las ayudas económicas no recaía sobre mí y yo era la cara amable que abría la puerta, consolaba y abrazaba (al margen de fotocopias, alimentos y varios): En esos seis años mi crecimiento personal fue enorme y crecía con cada una de las personas a las que abría la puerta. Mi única responsabilidad era justamente mantener la esperanza de aquéllos que acudían a nosotros, con tranquilidad, suavidad y escucha.  Al pasar a responsabilizarme de la acogida pasé también a responsabilizarme más directamente de su economía. Eso hace más complicado aquello del abrazo, pero me propuse que la responsabilidad no podría con mis deseos de transmitir esperanza y, con algo más de dificultad, salgo de detrás de la mesa para dar ese abrazo que yo misma necesito porque, al fin y al cabo, también soy egoísta y muchos de ellos me lo reclaman. Sólo se necesita un poco más de tiempo y siempre digo que ahí no estamos para correr. Siempre recordaré con añoranza la etapa anterior, pero soy consciente de que todo hay que hacerlo y que una cosa  no es más importante que otra. Lo importante es cómo se hace.


Con frecuencia me preguntan cómo puedo vivir en contacto con el dolor de forma tan continuada y, la verdad, muchas veces no sé cómo responder. No me lo he planteado nunca. Pero cuando me dicen que empleo mucho tiempo en estas tareas, que me llevaré los problemas a casa, que si…”yo no podría hacerlo en tu lugar…”Entonces,…entonces sí sé qué contestar: está claro que alguien debe hacerlo y en este caso, yo he sido la afortunada. He de agradecer aquí al maestro que tuve su ejemplo de entrega.  A veces respondes a la llamada sin apenas darte cuenta, solo basta con no poner obstáculos, con no asustarse y con saber que es un privilegio trabajar para los que te necesitan y, sobre todo, tener la certeza de que nunca estamos solos en nuestra tarea, que somos muchos trabajando para el Reino de Dios. Esto impide que pierda la esperanza, aunque parezca que hay motivos para ello; esto y la mirada del que acude a nosotros, a veces su vergüenza por ello. Cada sonrisa de los hermanos cuando me paran por la calle me sirve para saber que mi esfuerzo no es baldío. Cuando alguno de ellos llega solo a contarte sus pequeños logros o su fracaso continuado, sin pedir a cambio nada, solo escucha y,  a lo sumo, el café con galletas que ponemos, esperando a veces mucho tiempo para ello, sé que no se puede perder la esperanza, que ellos mismos son fuente de esperanza y eso hace que los voluntarios pongamos nuestro mayor empeño en buscar soluciones dentro de nuestros límites. Pero para mantener la esperanza hay que buscar alternativas imaginativas, buscar posibilidades debajo de las piedras y, sobre todo, emplearse a fondo en el AMOR, así con mayúsculas. Hemos de relacionarnos más y mejor con los que nos necesitan, y ellos lo han de notar y saber que no son ellos y nosotros (aunque parezca una utopía) sino que somos personas con más o menos fortuna a las que la propia sociedad las coloca en un sitio u otro sin dar opción a unos y otros. La comunidad cristiana nos ha de identificar a todos en su conjunto, como visibilización de la fuerza de Dios en el mundo, y los voluntarios de Cáritas tienen que ser vistos como servidores dentro de la comunidad, que es en realidad lo que considero que somos.


Desde el punto de vista de mi entorno parroquial creo que es necesario transmitir mejor esa idea, porque Cáritas debe servir para reconocer a Cristo en su Iglesia. Los voluntarios de Cáritas no somos únicamente los que nos dedicamos a repartir alimentos o decidimos sobre ayudas económicas, sino que además tenemos la responsabilidad, o yo personalmente así lo siento, de invitar a la comunidad cristiana a que no ayuden exclusivamente en la economía o con alimentos (con ser muy importante), sino a que se sientan integrados con aquellos hermanos que a veces están a su lado en la Eucaristía, y a conocer sus sufrimientos y, a ser conscientes de que pueden mitigar su dolor. Todas estas son las razones que me impiden perder la esperanza, porque sé que siempre se puede hacer algo, aunque no sea siempre lo que nosotros quisiéramos. Me hablan a veces de los engaños,… pero de ¿qué engaños estamos hablando?; de una pequeña cantidad económica a lo sumo, cuando no sabemos muy bien donde está el listón de la mayor o más grande necesidad. Pienso también que hay que explicar y denunciar seriamente las injusticias que consentimos o hacemos como que no vemos, y que el AMOR a los hermanos no se puede quedar encerrado dentro de los muros de una iglesia o de un despacho de acogida de Cáritas o en un grupo de oración. Que es preciso sacar a pasear ese AMOR. Esta relación con la comunidad parroquial me produce a veces cierta desesperanza y frustración porque el logro más difícil de conseguir es hacer comprender que no es la comunidad y los necesitados sino que somos todos, y que todos comemos igual, que no nos gustan los alimentos caducados ni la ropa en mal estado. Que si algo no nos gusta porque está feo o dañado, tampoco será bueno para los demás, que no se va a llevar alimentos para “mis pobres”. Que no tener trabajo no significa no tener dignidad. He de reconocer que esto me produce auténtica indignación, rabia e incluso impotencia y ganas de llorar. Lo dicho: es preciso sacar a pasear el AMOR.


Me gustaría trasladar todo esto a las reuniones que periódicamente tenemos los voluntarios de Cáritas, aunque  a veces sólo puede ser como un apunte, por la cantidad de temas a tratar y el poco tiempo de que disponemos para compartir todos juntos. Esas reuniones podrían llegar a ser interminables y poco operativas… Porque además de todo esto, es preciso ser operativo y saber, que en el transfondo de todo está Cristo, pero que hemos de trabajar y hacerlo lo mejor posible, poniendo en ello todo nuestro esfuerzo. Sí me gustaría que el sacerdote que acompaña nuestras reuniones y nuestras cuitas, nos recordara qué somos, por qué estamos allí y para qué. Que  nos hablara de la importancia del amor a los hermanos como recordatorio para no perdernos, y de que una persona no es un cuaderno de cuentas con un haber y un debe. Que fomentar nuestra espiritualidad es importante, para comunicarnos entre nosotros y con los otros, que no es tan importante la economía como el amor que debemos poner al encontrarnos en la acogida. Que siempre es más importante un abrazo, un silencio o una sonrisa que cualquier ayuda económica y que no podemos perder la esperanza porque estamos trabajando por y para personas.


Los compañeros de acogida compartimos nuestras inquietudes, si bien no siempre los tres que somos al tiempo, pero reímos, nos apenamos, buscamos alternativas juntos, escuchamos y hablamos sin poner límite de tiempo a los que llegan y sin importar la hora al final de la jornada. Eso permite tranquilizar cuando es necesario, reir con el que nos visita, informar adecuadamente, controlar, pues también es necesario y se controla, y,  que cuando se vayan de la acogida lo hagan siempre mejor que llegan. A cada persona hay que darle su espacio y su dignidad. De esa manera se transmite esperanza, sin lugar a dudas.


Soy consciente de que no se puede arreglar todo ni acudir a todo, en especial conforme a lo que quiere o necesita el que se acerca a la acogida. Pero esto no puede significar el abandono por desesperanza, porque estamos ahí para algo más que atender necesidades económicas. La crisis que nos azota confío en que pasará en algún momento, aunque deje para siempre personas dañadas, pero Cáritas continuará siendo la cara de Cristo en su Iglesia porque Cáritas no son solo voluntarios sino personas hechas a imagen y semejanza de Dios que comparten con otras, en situaciones personales dolorosas, y que también están hechas a imagen y semejanza de Dios. Mientras tengamos presente esto no perderemos la esperanza porque no olvidemos que el Evangelio lanza el mayor mensaje de esperanza a la humanidad.

 

                                                                                        Pilar Millán Núñez-Cortés